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viernes, 20 de marzo de 2015

Serratología. Ya a la venta

Como estaba previsto, Comanegra ya está poniendo en circulación el libro Serratología. Han sido tres meses de intenso trabajo que ahora culminan con un volumen muy bien editado (tapa dura y papel offset para la tripa, comme il faut).
El libro tiene dos prólogos, uno de Jordi Vicente, acerca de los textos, y otro mío, hablando de las ilustraciones y de mi vinculación con el imaginario serratiano. Lo reproduzco a continuación.

Fotografía: Editorial Comanegra





Serratología
Sobre las ilustraciones

Las imágenes trazadas por la memoria son engañosas, pero convincentes. Recuerdo cuando, en uno de los habituales intercambios que tenían lugar en los aledaños del colegio, llegó a mis manos un cromo de Serrat. El autor de Mediterráneo aparecía sonriente y con las manos en los bolsillos de la cazadora. Seguramente porque lucía pelo largo y el niño que yo era —escaso de herramientas para interpretar el mundo— confiaba instintivamente en ciertos símbolos de la disidencia, simpaticé de inmediato con aquel célebre desconocido. Más tarde, en ese incierto lugar que media entre la infancia y la adolescencia, escuché por vez primera su disco dedicado a Machado. En ese momento se abrieron muchas puertas por las que accedí a otros mundos: Aute, Paco Ibáñez, Amancio Prada, Silvio y Pablo, y, más tarde, Brel, Brassens, Ferré… Y, por supuesto, al vasto universo de Serrat. ¡Cuántas horas habré pasado emborronando papeles, mientras su música sonaba una y otra vez en mi viejo casete! En la mesa contigua a la mía, mi padre se emocionaba con esas mismas canciones, mientras dibujaba esos indios y cowboys con los que alimentaba a su antropófaga y variada prole. Durante algunos años no volví a escuchar a Serrat. Ni el desapego ni el cansancio se contaban entre las razones: sencillamente el trémolo de su voz, aquellas melodías, me traían de vuelta un mundo desaparecido demasiado pronto: una «dulce melancolía» que preferí conjurar. Conocí a Jordi Vicente con motivo del libro que dedicamos a Leonard Cohen (con textos de Alberto Manzano). Un día comentamos la gran ilusión que nos haría a ambos dedicar uno similar a Serrat. Nos pusimos manos a la obra y preparamos una maqueta para visualizar el proyecto. Fue el momento de volver a los diecisiete y reencontrarme con sus canciones. La que escogí para hacer una primera ilustración fue Romance de Curro «El Palmo», a mi juicio una obra maestra en la que encontramos todo aquello que distingue la escritura y el imaginario de Serrat: entre otros rasgos, su capacidad para condensar una gran historia en unos minutos y la ternura que le inspiran sus protagonistas —siempre humildes, siempre reconocibles—, nunca exenta de una acerada socarronería. Ilustrar canciones es una aventura abocada —casi por definición— al fracaso y digo «casi», porque, definiciones académicas aparte, el destino de la ilustración no es «dar luz», sino establecer un diálogo a tres bandas entre el texto, la imagen y ese ser desconocido y cómplice necesario que es lector y espectador a un tiempo. No se trata, en nuestro caso, de encomendar cada canción a una imagen que la esclarezca o la concluya, sino de crear un artefacto visual que, bebiendo del texto, establezca su propio discurso. En otras palabras, estas ilustraciones no son mi visión de las canciones a las que acompañan dado que esta visión está ligada a la experiencia de una emoción y las emociones que suscita la contemplación, la lectura o la audición de una obra son, creo, intraducibles a cualquier lenguaje, sino, más bien, el testimonio de un aspecto colateral de esa experiencia y, a la vez, un tributo a un artista al que tanto —y tantos— queremos.