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jueves, 12 de febrero de 2015

Artículo Visual Magazine: Herb Lubalin


Un gigante de la gráfica visto a través de los ojos de G, diseñador jubilado


Herb Lubalin: genuino sabor americano







Cuando G le ofreció a su amigo el gacetillero la posibilidad de escribir por él el artículo sobre Herb Lubalin, todo fueron dudas:
–Me han dicho que al editor de Visual le hace especial ilusión que hablemos sobre Lubalin, no se trata de un artículo cualquiera…
–Razón de más para que yo me haga cargo. No olvides que fui profesor de lengua y literatura.
­–Estoy seguro de que tus alumnos de entonces han sido incapaces de olvidarlo. Pero no estamos hablando de literatura, sino de información.
–Puedes estar tranquilo. Además, ya sabes que los diseñadores no leen, solo miran los cromos. Tú ocúpate de seleccionar unas buenas imágenes, que yo haré el resto. Creo que mi Olivetti estará﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ Creo que mi Olivetti estaren, solo miran los cromos. Tde olvidarlo. Per esto ná en perfectas condiciones todavía. Anda, vete tranquilo de vacaciones, que yo me ocupo.
–Bueno, pero recuerda: nada de afirmaciones extemporáneas, ni de metáforas rebuscadas, ni de citas de Borges…
–No te prometo nada, pero no te preocupes. Nadie mejor que yo para hablar de Lubalin: sabes que junto a Paul Rand y Saul Bass, forma parte de esa santísima trinidad del diseño gráfico americano a la que yo venero.
–No te olvides de comentar que ahora su obra está más vigente que nunca entre los jóvenes diseñadores.
–Que sí, que sí, me referiré a él como al padre del rotulismo contemporáneo, si eso te hace feliz…
–Mejor, escribe lettering, todos te entenderán mejor…

Fue lo último que acertó a decir el gacetillero, antes de que G le diera con la puerta de la calle en las narices.

Ya por la tarde, con su trago de irlandés en la mano y sus viejas revistas de Upper & Lower Case desparramadas sobre su escritorio, G estaba listo para acometer su encargo. Allan, apostado delante de la máquina de escribir, también estaba preparado para teclear al dictado de su viejo camarada.
–Con la primera frase, tenemos que atrapar al lector, Allan. ¿Preparado?
–Never more…
–Así me gusta. Atención, teclea: «Herbert Frederick Lubalin, ese muchacho judío nacido en New York y criado en el Bronx, daltónico, taciturno y ambidextro, estaba llamado a…»
–¿Daltónico dices?– Le interrumpió Allan tras escribir apenas unas palabras (iba a ser realmente complicado teclear todo el artículo con su pico sin que se le resbalaran las gafas).
–Sí, daltónico: hay grandes diseñadores que han sido daltónicos y otros no tan grandes que realmente lo parecen…
–¿Y ambidextro?
–En efecto, cuentan que nuestro amigo Herbert era capaz de dibujar letras con la zurda mientras firmaba recibos con la diestra ¿O era al revés? También tenía un hermano gemelo, pero eso no lo vamos a poner.
–¿Por qué no?
–Porque es irrelevante. En cambio no podemos dejar de mencionar que fue alumno de la Cooper Union. Como sin duda desconoces, mi plumífero amigo, la Cooper Union es una de las pocas universidades gratuitas de los Estados Unidos. Para ser más exactos, está basada en un sistema de becas: los alumnos devuelven el gasto que se ha hecho en su educación cuando ya están inmersos en el mercado laboral. Esto hace que las probabilidades de acceder a esta universidad sean mínimas y los criterios de admisión extremadamente exigentes. Peter Cooper la fundó en 1859, bajo la firme convicción de que la educación universitaria de calidad debería ser gratuita. Eran hombres que de verdad creían en la igualdad de oportunidades.
–¿Una universidad para pobres?
–Es una manera de verlo, mi querido Allan. En cualquier caso, has de saber que se cuenta entre las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.  Está formada por tres facultades: arte, arquitectura e ingeniería. Allí también se formaron profesionales de la talla de Milton Glaser o Seymour Chwast, entre otros.
–¿De qué época estamos hablando?
–Lubalin se graduó en el año 39, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
–¿Eso quiere decir que combatió contra los nazis?
–No. En principio, que su mujer estuviera esperando un hijo le eximió de ser llamado a filas. Tras ser padre, recibió su cartilla militar, pero Herb tuvo el buen criterio de romperse la mandíbula en varios trozos contra el inodoro…
–¿Contra el wáter?
–Se cayó de cabeza mientras intentaba aligerarse de un consumo algo excesivo de Martinis. Precisamente, se estaba despidiendo de la vida civil… La recuperación fue larga y durante ese intervalo se cambiaron las normas y fue felizmente desmovilizado. Pero bueno, todo eso son anécdotas que no nos interesan. Tampoco quiero explicar que, según parece, nuestro hombre era un perfecto desastre con el dibujo figurativo: sólo faltaría que esos majaderos que afirman que un diseñador gráfico no tiene por qué saber dibujar encontraran en Lubalin un ejemplo irrebatible… Pero la realidad es que dibujaba letras con una facilidad pasmosa, despreciando reglas y compases, realizaba todos sus bocetos a mano alzada, con un rotulador negro de diez centavos, sobre papel de ese traslúcido. Pero lo importante es que Lubalin utilizaba la principal herramienta del diseñador gráfico con una precisión de cirujano…
–¿El cútter?
–¡No, animal!¡El cerebro! Te explicaré cómo nació uno de sus logos más conocidos: Mike Aron, uno de sus más importantes colaboradores de los últimos tiempos, tenía que diseñar la cabecera para una revista llamada Families. El día de entrega se aproximaba, pero no se le ocurría nada, hasta que recibió una llamada. Se trataba de Lubalin, que lacónicamente se limitó a decirle «ponle un punto a la “l”». Así nació uno de los logos que más veces se han reproducido asociados a nuestro hombre.
–¿Así que tenía colaboradores?
–Por supuesto. Tras largos años dedicado a la publicidad, en 1964 creó Herb Lubalin Inc., estudio en el que pronto contó con la colaboración de Ernie Smith y Tom Carnase (quien contribuyó decisivamente en la creación de la fuente Avant Garde Gothic). En el año 1969 se incorporó Tony Di Spigna (con quien Lubalin creó las fuente ITC Serif Gothic y Lubalin Graph). Pero el colaborador que estuvo más años junto a nuestro hombre fue Alan Peckolick. De hecho, cuando Herb Lubalin falleció a la temprana edad de 63 años (cielos, más joven que yo), su estudio se llamaba Lubalin, Peckolick, Associates, Inc., lo que denota que Herb veía en Alan (treinta años más joven) a una especie de heredero natural. Tengo que acordarme de mencionar todos estos nombres en el artículo…
–Eso de la publicidad me intriga. ¿Quieres decir que Lubalin fue en sus primeros años un, ejem, publicista?– Dijo Allan, pronunciando esta última palabra con evidente disgusto.
–Mira, en los años cuarenta, en los Estados Unidos, trabajar en publicidad era una opción prácticamente inevitable para cualquier diseñador que quisiera asomar la nariz en el mundo profesional. También Paul Rand y Saul Bass comenzaron haciendo publicidad. Pero volvamos al tema de los colaboradores…
–Sí, eso me interesa. ¿El viejo Herb era uno de esos listillos que firmaba los diseños de sus colaboradores como propios?
–No, no, no, al contrario. Ciertamente, el arte final de trabajos tan memorables como el de Mother & Child salió de las manos de Peckolick y Carnase, pero siempre a partir de un boceto de Lubalin donde todo estaba tan definido que se trataba sencillamente de pasarlo a limpio. Por cierto, como todos los diseñadores hacemos antes o después (lo confesemos o no), Lubalin recuperaba ideas que habían sido rechazadas para otros trabajos. Mother & Child iba a ser en realidad la cabecera de una revista que finalmente no llegó a salir. Cuando años más tarde le encargaron hacer la cubierta para un libro periodístico que oportunamente se titulaba Mother & Son, nuestro hombre recuperó aquel logo: solo tuvo que cambiar la palabra «child» por «son». Y ahora te voy enseñar algo que te va a volver loco…
G desapareció durante unos minutos para rebuscar algo en un rincón de su biblioteca. Finalmente, reapareció con cuatro libros que depositó sobre el escritorio. Efectivamente, cuando Allan vio el rostro de Marilyn Monroe multiplicado en una de las portadas, empezó a revolotear por la habitación canturreando una irreconocible versión de Candle in the Wing, el clásico multiusos de Elton John.
–Sabía que esto te complacería. Aunque parezcan libros, se trata en realidad de los cuatro únicos números que se publicaron de Eros, una revista editada por Ralph Ginzburg. Lubalin obtuvo muchos premios por su diseño. El editor tuvo algo menos de suerte y la edición de la revista le supuso ocho meses de prisión, condenado por distribuir «literatura obscena». El Fiscal General del Estado en aquel tiempo era el muy «liberal» Robert Kennedy. Fue un escándalo contra el que protestaron intelectuales como Arthur Miller o Allen Ginsberg.
G seguía hablando, aunque Allan hacía rato que estaba inmerso en la contemplación de la última y memorable sesión de fotos con la que Bert Stern inmortalizó la madura y frágil belleza de su adorada Norma Jean:
–Me gustaría enseñarte algún número de la revista Fact, pero no poseo ningún ejemplar. En ella, Lubalin desarrolla una gráfica muy sobria al servicio del nuevo proyecto editorial de su amigo Ginzburg. La revista tuvo que cerrar después de meterle el dedo en el ojo a Barry Goldwater, el candidato demócrata que perdió unas primarias frente a Lyndon Johnson. Allan, por favor ¿puedes prestarme un poco de atención?
–Sí, claro, pero me gustaría que me explicases por qué cuando hablabas esta mañana con el gacetillero, él se refirió a Lubalin como «el rey de las ligaduras»…
–Las ligaduras entre letras, mi umbrío camarada, son una constante en los trabajos de nuestro hombre. Precisamente, las ligaduras son protagonistas en lo que supuso el trabajo más importante en el que Lubalin y Ginzburg colaboraron: la revista Avant Garde.
–¿Avant Garde no es el nombre de esa fuente que nunca me dejabas utilizar en los tiempos en que todavía había un ordenador en esta casa?
–Es que Avant Garde es, en efecto, el nombre de la fuente que Lubalin creó a partir de la cabecera de la revista. La intención de nuestro hombre no era en absoluto la de crear un tipo de letra para que los alumnos de la ESO compusieran sus trabajos escolares: Avant Garde tiene vocación de titular, no de pie de foto. Le sienta fatal el cuerpo 10. Pero volviendo al tema, la creación de la cabecera para Avant Garde fue prolija. El viejo Herb probó con un montón de fuentes distintas, incluso con alfabeto hebreo, hasta que decidió experimentar con ligaduras entre letras capitales (mayúsculas, para que me entiendas, mi fúnebre compañero).
­–¿Lubalin diseñaba tipos?
–¡Diseñó más de cien! ¡Está entre los grandes diseñadores de tipografías de todos los tiempos! Y por si eso fuera poco, fundó junto a Aaron Burns y Edward Rondthaler la International Typeface Corporation (ITC), la primera gran fundición tipográfica en la era de la fotocomposición, esto es, la reproducción fotográfica de los tipos, una revolución anterior a la de la creación tipográfica digital…
–¿Y esos periódicos viejos que has dejado encima de la mesa?– Replicó Allan (poco dado a impresionarse por la habilidad de los humanos para dibujar letras).
–Son mis queridos y viejos ejemplares de U&lc (Upper & Lower Case), la revista con la que ITC daba a conocer sus tipografías. Te llegaba gratis a casa, por suscripción. Mira, los diseñadores de mi generación hemos comprado muchas revistas: colecciones enteras que acabábamos tirando con motivo de alguna mudanza. No conozco a nadie lo suficientemente cretino como para haberse deshecho de su colección de U&lc. Pero bueno, se está haciendo tarde. Volvamos al trabajo, Allan. Léeme, si eres tan amable, lo que hemos escrito hasta el momento.
–Cómo no: «Herbert Frederick Lubalin, ese muchacho judío nacido en New York y criado en el Bronx, daltónico, taciturno y ambidextro, estaba llamado a…»