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martes, 6 de enero de 2015

Diseño de calendarios


-->Reciente el fin de año, es época de calendarios. Este es un artículo que escribí hace ya un tiempo en la revista Visual acerca del diseño de estos –para mí– antipáticos artefactos.



América Sanchez

Paz Blanco

Estudio Extra!

Sudhir Kuduchkar

Yurko Gustsulyak

© Enric i Claudi Satué


 
Los mapas de los días


El cambio de año es un buen momento para la autopromoción. Es, al menos, el momento en que, tanto los diseñadores como sus clientes aprovechan para enviar su fe de vida bajo la forma de un calendario. En tiempos donde toda nuestra vida late al ritmo de la batería de un iPad, iPhone y demás artefactos de la nube digital, podría pensarse que a los calendarios físicos les queda un escaso terreno de juego (al fin y al cabo, todos nos hemos acostumbrado a utilizar los calendarios de nuestros terminales informáticos para gestionar nuestro tiempo personal y profesional). Por el contrario, liberados de su dimensión utilitaria, los calendarios son hoy un territorio perfecto para la creatividad tipográfica e icónica. Lejos queda ya el concepto de calendario de pared que no era otra cosa que un póster acompañado de un previsible listado de números agrupados en columnas. Hoy los calendarios tienden a saltar del plano vertical, juegan con los formatos y los materiales, rompen inercias de lectura e invitan a la interacción.


Cuando yo era pequeño, mis padres, a falta de canguro, solían llevarme con ellos si tenían que salir de casa. Con mi padre iba, por ejemplo, al taller de coches, si le tocaba llevar o recoger su Seat 1430 a causa de alguna avería. Mi madre, por su parte, me llevaba al mercado. Ambas experiencias resultaban más bien tediosas. La gente se veía en el compromiso de hacerme alguna carantoña –con esa familiaridad agresiva e idiota que suele emplearse con los niños, sobretodo si son ajenos– y a plantearme preguntas perfectamente prescindibles, que solo provocaban malhumorados monosílabos (quizá la clarividencia ante el futuro me convertía en un niño permanentemente cabreado). Posiblemente fue durante aquellas agotadoras maratones de aburrimiento por cortesía del mundo adulto que aprendí a interesarme por el aspecto de las cosas. Mi mirada vagabundeaba por aquellos ámbitos pródigos en objetos incomprensibles y fundamentalmente sucios. Mientras los mayores se afanaban en su parloteo, mis ojos se demoraban en la cabeza cortada y sanguinolenta de un pollo o en un enorme panel de herramientas que a mí me resultaba tan carente de significado como un cuadro de Jackson Pollock .
Pero hay algo que recuerdo especialmente: los calendarios. Estaban en todas partes. Los formatos y composiciones tipográficas eran igualmente previsibles y anodinas, mas, ay, cuan radicalmente distintas eran las «estrategias comunicativas» entre el contexto masculino del taller mecánico y los reinos matriarcales del mercado… En este último, todo eran bucólicos paisajes pirenaicos, lánguidas ilustraciones de Ferrándiz o imágenes religiosas con un regusto inequívocamente «glam». Pero las ventanas que abrían los calendarios en las grasientas paredes de los talleres eran harina de otro costal.

Vivir tu despertar sexual contemplando el calendario de un taller de coches tiene, probablemente, algunas consecuencias que pueden marcar indeleblemente un destino. Pienso en aquellos calendarios, con chicas que exhibían su caucásica desnudez, de formas generosas y turgentes y entiendo porqué, a diferencia de algunos delicados y exquisitos colegas, Audrey Hepburn solo me parece la imagen menos terrible de la anorexia. Ya lo dijo el filósofo: «el hombre es lo que come» y, para el niño desganado y enfermizo que yo era, no había mayor festín visual que aquél de los calendarios poblados de presencias exuberantes, provenientes de un mundo donde siempre era verano.

Yo no sé si aquellos calendarios de mi infancia eran de mucha utilidad, es decir, si resultaban eficaces para consultar, administrar y gestionar los días y semanas que el año atesoraba. Me inclino a pensar que su valor era más bien simbólico y ornamental. En los talleres, servían para medir los niveles de testosterona de los trabajadores y en las carnicerías podían ser un «hermoso» contrapunto a tanta víscera y miembro amputado.

Los años –esos que de alguna forma son los protagonistas de este artículo– pronto me enseñaron que había un punto de encuentro entre los bajos instintos que despertaban aquellas imágenes y la fotografía de calidad: el calendario Pirelli y otros semejantes. Estos calendarios ya existían en mis años infantiles –el Pirelli nació en 1964, de la mano del fotógrafo de los Beatles, Robert Freeman–, pero difícilmente se exhibían en los escenarios habituales del proletariado.

Uno de esos escenarios era la cocina de mi madre, donde siempre había un calendario. Pertenecía, obviamente, al género paisajístico, con una marcada preferencia por la representación fotogras de pagoliares, citas con el mjaba en las estrechezas a interacciformatos y a invitar al usuario a interactuar. puestos del meáfica o pictórica del hórreo gallego. Su perfecta caligrafía de colegio de monjas se apretujaba en los escasos márgenes que ofrecía una negra y basta tipografía de palo para dar cuenta de todo tipo de efemérides familiares: cumpleaños de primos lejanos, citas con el médico, pagos de recibos y un largo etcétera de compromisos generalmente enojosos.

Siendo ya un mozo, descubrí en la mítica tienda Vinçon de Barcelona la solución perfecta a los problemas de espacio de mi madre: un calendario de formato Din A2 en la que toda la superficie estaba consagrada a la tipografía, a razón de un mes por página. Era un diseño de America Sanchez. Podía imaginarme perfectamente la grácil caligrafía de mamá revoloteando alrededor de aquellas robustas cifras en Futura Condensed (si no me traiciona la memoria). Pero mi ilusión chocó con la dura realidad: en la cocina de mi casa no había sitio para un calendario tan grande, así que hubo que colgarlo en la sala de estar, enfrentado a un cuadro enorme que representaba una reunión de ciervos en medio del bosque, donde un pintor naturalista había reformulado, muy a su pesar, algunos parámetros esenciales de la representación cubista del espacio. Creo, en cualquier caso, que con aquel calendario intruso, algo importante se quebró en la armonía familiar, al menos a nivel estético.

Y como el tiempo acaba poniendo a todos en su lugar, aquél niño malhumorado e incompetente para el trabajo duro, acabó por dedicarse a la gráfica, una profesión en la que nadie te ve como un memo si empleas largas horas de tu vida en mirar y coleccionar artefactos visuales. Una profesión en la que llamamos «tener un buen archivo» a lo que los servicios sociales suelen considerar «síntomas incipientes de Síndrome de Diógenes».

Así pues, como grafista, a mí también me ha tocado diseñar algún que otro calendario. Diseñar calendarios que la gente envía como obsequio navideño te hace reflexionar: con lo poco que nos gusta a todos en general que se nos echen los años encima, resulta fascinante y digno de estudio el entusiasmo con el que celebramos cada nuevo año. Si uno se para a pensar, no deja de ser un pelín inquietante ese ejercicio de poner por escrito los contados días que el año nos ofrece: cuando éste expira, los calendarios son los notarios de la consumación (y de la derrota). Véase, por ejemplo uno de los calendarios que ilustra estas líneas: la diseñadora Paz Blanco ha generado una metáfora de la vida humana a través de las páginas de su trabajo «Time & Weather». Enero comienza con la imagen de un recién nacido, mientras que en meses sucesivos se representan etapas significativas de una vida –crecimiento, independencia, maternidad, etc.– hasta llegar al mes de diciembre, donde sólo encontramos una línea horizontal subrayando un gran espacio en blanco: escalofriante.

El diseñador indio Sudhir Kuduchkar apela a la simbología para justificar la presencia de cuervos en los calendarios que envía cada año como autopromoción: «el cuervo significa inteligencia y en la cultura hindú es símbolo de buen agüero». Mirar como revolotean esas espléndidas y enlutadas figuras entre esos números donde se cifran los días –etéreos e insignificantes–, no deja de provocarme una cierta melancolía.

Algo parecido me sucede con el trabajo del británico Paul Betowski para Fredigoni. Como si de una muñeca rusa se tratara, los meses van emboscados unos dentro de otros en sucesivas cajitas de forma cúbica, de tal suerte que, cuando llegas al mes de diciembre y abres el último cubo, te encuentras perfectamente empaquetada la nada. Sólo faltaría haber impreso el lema «memento mori» (recuerda que has de morir) en el fondo de la cajita.

Pero la metáfora llega al paroxismo con el trabajo del ucraniano Yurko Gustsulyak. En su calendario para VS Energy Inter, los días se corresponden con cerillas reales que podrán autodestruirse cuando pase la fecha.

Pero en los calendarios también hay espacio para la poesía visual –véase los trabajos de Enric y Claudi Satué– o para dar rienda suelta a la especulación formal y simbólica, como vemos en los trabajos de Marilu Rodriguez, Gideon Dagan o el estudio Extra!.

Por mi parte, no puedo dejar de pensar en aquellas bellezas que brillaban en los grasientos calendarios de mi infancia. El tiempo, que patrocinaban con tanta inconsciencia, se habrá vuelto contra ellas y no es del todo seguro que hayan ganado en sabiduría. Muchos calendarios nos han llovido a todos desde entonces: mapas de los días que nos han traído hasta aquí. Como decía aquel aguafiestas de Quevedo: «¿De qué sirve presumir, rosal, de buen parecer, si aun no acabas de nacer cuando empiezas a morir?»


Serratología

Serratología. En proceso

En marzo, si todo va bien, saldrá el próximo libro que estoy haciendo en colaboración con Jordi Vicente. Se trata de un trabajo que teníamos en mente desde que publicamos la obra colectiva Ilustrísimo Sr. Cohen. Cincuenta canciones de Joan Manuel Serrat comentadas por Jordi e ilustradas por mí. Un trabajo muy ambicioso, teniendo en cuenta el número de canciones –cincuenta, como guiño a la conmemoración del cincuenta aniversario de JMS sobre los escenarios– y el tiempo con el que contamos: firmamos el contrato con la Editorial Comanegra a finales de noviembre y el libro debería entrar en imprenta a principios de febrero.
La primera idea era hacer un libro colectivo, como el que dedicamos a Cohen, pero por razones de presupuesto (no encontramos ninguna editorial que se arriesgara a hacer un desembolso tan elevado) y de planificación (sabemos que un libro colectivo de estas características no puede llegar a buen puerto con tan escaso margen de tiempo) decidimos trabajar solo con un ilustrador.
Las ilustraciones y la maquetación están muy avanzadas, pero creo que se trata de una sensación engañosa: estoy seguro de que todavía querré darle alguna vuelta más a alguna de las ilustraciones que ya he dado por definitivas.


© Carlos Cubeiro. Ilustración para el libro Serratología


Romance de Curro «El Palmo»
La vida y la muerte
bordada en la boca
tenía Merceditas
la del guardarropa.
La del guardarropa
del tablao de "El Lacio",
un gitano falso,
ex-bufón de palacio…




© Carlos Cubeiro. Ilustración para el libro Serratología



  
Disculpe el señor

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.

Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé...
Le dejo con los caballeros

y entiéndase usted...
Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame...
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.