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lunes, 19 de enero de 2015

Serratología. Última ilustración

Hoy he dado por finalizada la ilustración que hace el número 50 de la «Serratología». Ahora sólo queda concentrarse en el diseño del libro.

Lecciones de urbanidad. © carlos cubeiro


Que usted será lo que sea
–escoria de los mortales–
un perfecto desalmado,
pero con buenos modales.

Insulte con educación,
robe delicadamente,
asesine limpiamente
y time con distinción.

Calumnie pero sin faltar,
traicione con elegancia,
perfume su repugnancia
con exquisita urbanidad.

sábado, 17 de enero de 2015

Ilustraciones para libro de texto

Hace un año, las novedades legales en el ámbito educativo interrumpieron un trabajo que ya tenía muy adelantado. Se trataba de un total de unas cincuenta ilustraciones para un libro de texto de Lengua y Literatura castellana que publicará Cruïlla. Hace unos días volvimos a retomar el tema y ayer lo dimos por concluido.

Amores imposibles

Los gazapos de la ortografía

La construcción del lenguaje

Liberarse por la cultura

Quevedo

Vida y muerte

Eufemismos

Matrimonio en el siglo XIX

Vetusta y La Regenta

La mujer en el siglo XIX

Literatura de la vida cotidiana

domingo, 11 de enero de 2015

Cubiertas para Santillana

Hasta hoy, a pesar de los años que llevo dedicado a diseñar cubiertas, nunca había diseñado ninguna para libros de texto. Mi primera colaboración con Santillana me ha dado la oportunidad de hacerlo. En principio, contactaron conmigo para realizar las ilustraciones, pero una cosa llevó a la otra… Espero que los alumnos que tengan que llevarlas arriba y abajo no les pillen mucha manía.





miércoles, 7 de enero de 2015

Refraccions

Empiezo el año cerrando una cubierta de poesía. El diseño de la colección es heredado, así que mis únicas decisiones consisten en crear o elegir la imagen de la franja y especificar el color de fondo (pantone). Como la poesía nunca tiene presupuesto, últimamente intentamos solucionar estas cubiertas con imágenes que no estén sujetas a copyright o directamente creando alguna nueva, como en este caso: da la impresión de ser un fragmento muy ampliado de alguna vieja impresión en CMYK, pero en realidad se trata de un grabado decimonónico en blanco y negro. He pasado la imagen a CMYK y he movido los canales, amén de añadir un poco de «pátina», para que tenga un aspecto algo gastado. Siempre me desconcierta un poco esto de ejercer de «ilustrador abstracto», prácticamente una contradicción en sus términos.



martes, 6 de enero de 2015

Diseño de calendarios


-->Reciente el fin de año, es época de calendarios. Este es un artículo que escribí hace ya un tiempo en la revista Visual acerca del diseño de estos –para mí– antipáticos artefactos.



América Sanchez

Paz Blanco

Estudio Extra!

Sudhir Kuduchkar

Yurko Gustsulyak

© Enric i Claudi Satué


 
Los mapas de los días


El cambio de año es un buen momento para la autopromoción. Es, al menos, el momento en que, tanto los diseñadores como sus clientes aprovechan para enviar su fe de vida bajo la forma de un calendario. En tiempos donde toda nuestra vida late al ritmo de la batería de un iPad, iPhone y demás artefactos de la nube digital, podría pensarse que a los calendarios físicos les queda un escaso terreno de juego (al fin y al cabo, todos nos hemos acostumbrado a utilizar los calendarios de nuestros terminales informáticos para gestionar nuestro tiempo personal y profesional). Por el contrario, liberados de su dimensión utilitaria, los calendarios son hoy un territorio perfecto para la creatividad tipográfica e icónica. Lejos queda ya el concepto de calendario de pared que no era otra cosa que un póster acompañado de un previsible listado de números agrupados en columnas. Hoy los calendarios tienden a saltar del plano vertical, juegan con los formatos y los materiales, rompen inercias de lectura e invitan a la interacción.


Cuando yo era pequeño, mis padres, a falta de canguro, solían llevarme con ellos si tenían que salir de casa. Con mi padre iba, por ejemplo, al taller de coches, si le tocaba llevar o recoger su Seat 1430 a causa de alguna avería. Mi madre, por su parte, me llevaba al mercado. Ambas experiencias resultaban más bien tediosas. La gente se veía en el compromiso de hacerme alguna carantoña –con esa familiaridad agresiva e idiota que suele emplearse con los niños, sobretodo si son ajenos– y a plantearme preguntas perfectamente prescindibles, que solo provocaban malhumorados monosílabos (quizá la clarividencia ante el futuro me convertía en un niño permanentemente cabreado). Posiblemente fue durante aquellas agotadoras maratones de aburrimiento por cortesía del mundo adulto que aprendí a interesarme por el aspecto de las cosas. Mi mirada vagabundeaba por aquellos ámbitos pródigos en objetos incomprensibles y fundamentalmente sucios. Mientras los mayores se afanaban en su parloteo, mis ojos se demoraban en la cabeza cortada y sanguinolenta de un pollo o en un enorme panel de herramientas que a mí me resultaba tan carente de significado como un cuadro de Jackson Pollock .
Pero hay algo que recuerdo especialmente: los calendarios. Estaban en todas partes. Los formatos y composiciones tipográficas eran igualmente previsibles y anodinas, mas, ay, cuan radicalmente distintas eran las «estrategias comunicativas» entre el contexto masculino del taller mecánico y los reinos matriarcales del mercado… En este último, todo eran bucólicos paisajes pirenaicos, lánguidas ilustraciones de Ferrándiz o imágenes religiosas con un regusto inequívocamente «glam». Pero las ventanas que abrían los calendarios en las grasientas paredes de los talleres eran harina de otro costal.

Vivir tu despertar sexual contemplando el calendario de un taller de coches tiene, probablemente, algunas consecuencias que pueden marcar indeleblemente un destino. Pienso en aquellos calendarios, con chicas que exhibían su caucásica desnudez, de formas generosas y turgentes y entiendo porqué, a diferencia de algunos delicados y exquisitos colegas, Audrey Hepburn solo me parece la imagen menos terrible de la anorexia. Ya lo dijo el filósofo: «el hombre es lo que come» y, para el niño desganado y enfermizo que yo era, no había mayor festín visual que aquél de los calendarios poblados de presencias exuberantes, provenientes de un mundo donde siempre era verano.

Yo no sé si aquellos calendarios de mi infancia eran de mucha utilidad, es decir, si resultaban eficaces para consultar, administrar y gestionar los días y semanas que el año atesoraba. Me inclino a pensar que su valor era más bien simbólico y ornamental. En los talleres, servían para medir los niveles de testosterona de los trabajadores y en las carnicerías podían ser un «hermoso» contrapunto a tanta víscera y miembro amputado.

Los años –esos que de alguna forma son los protagonistas de este artículo– pronto me enseñaron que había un punto de encuentro entre los bajos instintos que despertaban aquellas imágenes y la fotografía de calidad: el calendario Pirelli y otros semejantes. Estos calendarios ya existían en mis años infantiles –el Pirelli nació en 1964, de la mano del fotógrafo de los Beatles, Robert Freeman–, pero difícilmente se exhibían en los escenarios habituales del proletariado.

Uno de esos escenarios era la cocina de mi madre, donde siempre había un calendario. Pertenecía, obviamente, al género paisajístico, con una marcada preferencia por la representación fotogras de pagoliares, citas con el mjaba en las estrechezas a interacciformatos y a invitar al usuario a interactuar. puestos del meáfica o pictórica del hórreo gallego. Su perfecta caligrafía de colegio de monjas se apretujaba en los escasos márgenes que ofrecía una negra y basta tipografía de palo para dar cuenta de todo tipo de efemérides familiares: cumpleaños de primos lejanos, citas con el médico, pagos de recibos y un largo etcétera de compromisos generalmente enojosos.

Siendo ya un mozo, descubrí en la mítica tienda Vinçon de Barcelona la solución perfecta a los problemas de espacio de mi madre: un calendario de formato Din A2 en la que toda la superficie estaba consagrada a la tipografía, a razón de un mes por página. Era un diseño de America Sanchez. Podía imaginarme perfectamente la grácil caligrafía de mamá revoloteando alrededor de aquellas robustas cifras en Futura Condensed (si no me traiciona la memoria). Pero mi ilusión chocó con la dura realidad: en la cocina de mi casa no había sitio para un calendario tan grande, así que hubo que colgarlo en la sala de estar, enfrentado a un cuadro enorme que representaba una reunión de ciervos en medio del bosque, donde un pintor naturalista había reformulado, muy a su pesar, algunos parámetros esenciales de la representación cubista del espacio. Creo, en cualquier caso, que con aquel calendario intruso, algo importante se quebró en la armonía familiar, al menos a nivel estético.

Y como el tiempo acaba poniendo a todos en su lugar, aquél niño malhumorado e incompetente para el trabajo duro, acabó por dedicarse a la gráfica, una profesión en la que nadie te ve como un memo si empleas largas horas de tu vida en mirar y coleccionar artefactos visuales. Una profesión en la que llamamos «tener un buen archivo» a lo que los servicios sociales suelen considerar «síntomas incipientes de Síndrome de Diógenes».

Así pues, como grafista, a mí también me ha tocado diseñar algún que otro calendario. Diseñar calendarios que la gente envía como obsequio navideño te hace reflexionar: con lo poco que nos gusta a todos en general que se nos echen los años encima, resulta fascinante y digno de estudio el entusiasmo con el que celebramos cada nuevo año. Si uno se para a pensar, no deja de ser un pelín inquietante ese ejercicio de poner por escrito los contados días que el año nos ofrece: cuando éste expira, los calendarios son los notarios de la consumación (y de la derrota). Véase, por ejemplo uno de los calendarios que ilustra estas líneas: la diseñadora Paz Blanco ha generado una metáfora de la vida humana a través de las páginas de su trabajo «Time & Weather». Enero comienza con la imagen de un recién nacido, mientras que en meses sucesivos se representan etapas significativas de una vida –crecimiento, independencia, maternidad, etc.– hasta llegar al mes de diciembre, donde sólo encontramos una línea horizontal subrayando un gran espacio en blanco: escalofriante.

El diseñador indio Sudhir Kuduchkar apela a la simbología para justificar la presencia de cuervos en los calendarios que envía cada año como autopromoción: «el cuervo significa inteligencia y en la cultura hindú es símbolo de buen agüero». Mirar como revolotean esas espléndidas y enlutadas figuras entre esos números donde se cifran los días –etéreos e insignificantes–, no deja de provocarme una cierta melancolía.

Algo parecido me sucede con el trabajo del británico Paul Betowski para Fredigoni. Como si de una muñeca rusa se tratara, los meses van emboscados unos dentro de otros en sucesivas cajitas de forma cúbica, de tal suerte que, cuando llegas al mes de diciembre y abres el último cubo, te encuentras perfectamente empaquetada la nada. Sólo faltaría haber impreso el lema «memento mori» (recuerda que has de morir) en el fondo de la cajita.

Pero la metáfora llega al paroxismo con el trabajo del ucraniano Yurko Gustsulyak. En su calendario para VS Energy Inter, los días se corresponden con cerillas reales que podrán autodestruirse cuando pase la fecha.

Pero en los calendarios también hay espacio para la poesía visual –véase los trabajos de Enric y Claudi Satué– o para dar rienda suelta a la especulación formal y simbólica, como vemos en los trabajos de Marilu Rodriguez, Gideon Dagan o el estudio Extra!.

Por mi parte, no puedo dejar de pensar en aquellas bellezas que brillaban en los grasientos calendarios de mi infancia. El tiempo, que patrocinaban con tanta inconsciencia, se habrá vuelto contra ellas y no es del todo seguro que hayan ganado en sabiduría. Muchos calendarios nos han llovido a todos desde entonces: mapas de los días que nos han traído hasta aquí. Como decía aquel aguafiestas de Quevedo: «¿De qué sirve presumir, rosal, de buen parecer, si aun no acabas de nacer cuando empiezas a morir?»


Serratología

Serratología. En proceso

En marzo, si todo va bien, saldrá el próximo libro que estoy haciendo en colaboración con Jordi Vicente. Se trata de un trabajo que teníamos en mente desde que publicamos la obra colectiva Ilustrísimo Sr. Cohen. Cincuenta canciones de Joan Manuel Serrat comentadas por Jordi e ilustradas por mí. Un trabajo muy ambicioso, teniendo en cuenta el número de canciones –cincuenta, como guiño a la conmemoración del cincuenta aniversario de JMS sobre los escenarios– y el tiempo con el que contamos: firmamos el contrato con la Editorial Comanegra a finales de noviembre y el libro debería entrar en imprenta a principios de febrero.
La primera idea era hacer un libro colectivo, como el que dedicamos a Cohen, pero por razones de presupuesto (no encontramos ninguna editorial que se arriesgara a hacer un desembolso tan elevado) y de planificación (sabemos que un libro colectivo de estas características no puede llegar a buen puerto con tan escaso margen de tiempo) decidimos trabajar solo con un ilustrador.
Las ilustraciones y la maquetación están muy avanzadas, pero creo que se trata de una sensación engañosa: estoy seguro de que todavía querré darle alguna vuelta más a alguna de las ilustraciones que ya he dado por definitivas.


© Carlos Cubeiro. Ilustración para el libro Serratología


Romance de Curro «El Palmo»
La vida y la muerte
bordada en la boca
tenía Merceditas
la del guardarropa.
La del guardarropa
del tablao de "El Lacio",
un gitano falso,
ex-bufón de palacio…




© Carlos Cubeiro. Ilustración para el libro Serratología



  
Disculpe el señor

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.

Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé...
Le dejo con los caballeros

y entiéndase usted...
Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame...
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.

lunes, 5 de enero de 2015

Ken Garland

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Artículo publicado en la revista Visual 
Ken Garland. Lo primero es lo primero


Ken Garland (1929, Southampton, Inglaterra), ese venerable y joven anciano que imparte clases y conferencias en las que habla del rol social del diseñador, no es solo el autor del debatido «First Things First Manifesto» (1964) y una de las voces internacionales más autorizadas en el ámbito de la reflexión sobre el trabajo del diseñador gráfico. También es un profesional con una larguísima e interesante trayectoria. Formado en The Central School of Arts and Crafts de Londres (más tarde fusionada con St Martins School), tuvo como compañeros de promoción a grandes nombres de la gráfica británica como Alan Fletcher, Colin Forbes o Derek Birdsall, entre otros. Sin embargo, la obra de Garland, rica, ecléctica y ejemplar en muchos sentidos, no es tan conocida y celebrada como la de sus contemporáneos. Garland, el brillante profesor, ensayista y divulgador, es también un diseñador gráfico extraordinario.











—Hoy en día es difícil encontrar a un diseñador gráfico que no se haya hecho una foto sosteniendo un cartel, pero, créeme, es extraordinariamente difícil encontrar a uno retratado detrás de una pancarta.

—Cielos, ¿no irás a explicarme otra vez lo de tus carreras delante de «los grises» y tu fin de semana en La Modelo?

—No te preocupes, todo aquello está olvidado: demasiados compañeros de entonces siguen corriendo, pero esta vez no delante de la policía, sino ataviados con sus espantosos chándales de marca, dando vueltas en círculos por esas exclusivas urbanizaciones en las que suelen habitar los banqueros, los «coachers» y otros embaucadores y gente de mala entraña… No, no te voy a hablar de política, sino de ética. ¿Habláis de eso en vuestras asépticas escuelas de diseño?

—No entra en ninguna unidad formativa, pero a veces ha salido el tema…



Así departían G y su amigo el gacetillero mientras yo intentaba conciliar el sueño encaramado en la cabezota de yeso de nuestro amado Charles Baudelaire. Daba un poco de risa verlos ahí, frente a frente, hundidos en sus respectivas sillas de diseño tubular, con los ojos a la altura de las rodillas y haciendo tintinear nerviosamente sus vasos bien colmados de ese whisky irlandés tan peleón que compra G. Se diría que el espejo les devolvía su propia imagen con veinte años de retraso o adelanto, según se mire.



—¿Sabes? Ahora que he dado por concluida mi vida de diseñador gráfico, miro hacia atrás y, aunque no me avergüenzo de casi nada de lo que he hecho, pienso que mi trabajo podría haber tenido algo más de sentido social.

G tenía ganas de hablar, a pesar de que se le comenzaba a enredar la lengua. Ya podía dar por perdida la ocasión de disfrutar de mi siesta, así que no pude dejar de intervenir:

—Siempre que has trabajado para una ONG has salido escarmentado, viejo camarada. Ha sido más fácil apaciguar tu mala conciencia firmando manifiestos en contra de alguna decisión del gobierno de turno.

—Eres un cuervo medio lelo que ha vivido más allá de lo razonable, pero debo darte la razón. Siempre que he trabajado gratis, han acabado por ningunear mi esfuerzo, pero me temo que no he firmado demasiados manifiestos: la firma de un diseñador gráfico no añade demasiado lustre a ninguna causa. Aquí mi amigo el escribidor me desmentirá si voy errado, pero yo sólo escucho la voz del gremio cuando se trata de defender lo suyo…

—Bueno, es que al «gremio», como tú lo llamas, todavía le queda mucho trabajo y mucha pedagogía por hacer, pero sería injusto no reconocer que hay cada vez más voces comprometidas con la función social del diseñador. Supongo que recordarás la polvareda que levantó a finales del siglo pasado, creo que en el año 1999, la publicación del manifiesto «First Things First» donde se criticaba la excesiva atención que los diseñadores habíamos prestado a la publicidad, el marketing y la implementación de las marcas, en detrimento de una mayor dedicación a causas más nobles. Más de treinta diseñadores lo firmaban…

—Se llamaba «First Thing First Manifesto 2000» exactamente y era una especie de segunda parte u homenaje al que había publicado Ken Garland en 1964, este sí, bajo el título más breve que tu comentas.

—¿Ken Garland? Ahora mismo no lo ubico…

—Hace tiempo que ha dejado de escandalizarme tu ignorancia, pero esta vez hasta la puedo disculpar. El poco entusiasmo de Ken Garland por trabajar para el gran capital le ha asegurado un lugar discreto en las revistas o los libros de diseño. Como anécdota te diré que rechazó hacerse cargo de la imagen de IBM en el Reino Unido, como había sugerido el gran Paul Rand a los capitostes de la multinacional. Hoy, con más de ochenta años a las espaldas, es una figura cada vez más respetada por ser, de alguna manera, el que abrió el debate de la responsabilidad social del diseñador. Si quieres tener información de primera mano, te recomiendo que veas en YouTube una entrevista que le hicieron tus colegas de Monográfica. En ella, Ken Garland hace un resumen de su experiencia profesional y explica cómo nació la idea de su manifiesto…

—¿Y cómo nació? (Interrumpí yo, poco dispuesto a dejarme la poca vista que me queda frente a una pantalla).

—Verás Allan, en realidad fue un poco por azar. Encontrábase nuestro hombre como espectador de una de esas soporíferas conferencias de diseño, cuando, del todo desinteresado por el tema que ocupaba al orador, empezó a garabatear una serie de pensamientos en un papel: cosas que realmente le preocupaban relacionadas con su oficio. Cuando el conferenciante finalizó su discurso, el moderador abrió la ronda de comentarios y preguntas, Ken Garland levantó la mano y fue invitado a salir al estrado a decir lo que tuviera que decir.



                  Mientras el gacetillero, el muy haragán, iba poniendo esa cara de «ya tengo tema para mi próximo artículo» que todos le conocemos, G abandonaba por momentos el tono relajado de la conversación para adoptar esas maneras y lenguaje que le son tan propias cuando sabe que tiene un público cautivo.



—Imagínense, caballeros, a nuestro joven diseñador, provisto solamente por unas cuantas ideas escritas a vuelapluma sobre un papel, avanzando por el pasillo central de la sala, ante un público expectante. El moderador, que lo conocía, le dijo «No sé lo que te propones, Ken, pero adelante». Y nuestro hombre empuñó sus apuntes, se aclaró la garganta y empezó a leer algo que bien podría haber sonado así (cito de memoria): «He crecido en un mundo en el que se nos ha hecho creer que los medios publicitarios son el lugar más rentable, eficaz y adecuado de emplear nuestro talento. Hemos sido bombardeados con publicaciones que no han hecho más que reforzar esa idea, aplaudiendo el trabajo de aquellos que han puesto sus conocimientos y su imaginación al servicio de la venta de lavadoras, dietas de adelgazamiento, cigarrillos, lociones para el afeitado, agua con gas, comida para gatos…»

—Esa era la génesis del manifiesto ¿No?

—Efectivamente, mi perspicaz amigo. Ken Garland, ante el silencio respetuoso –cómplice, quizá– del público, fue declamando su texto cada vez con mayor seguridad, acompañándose de gestos teatrales. Cuando finalizó la lectura, casi a voz en grito, el público prorrumpió en aplausos. El First Thing First Manifesto había nacido. Se publicó en el periódico The Guardian y Garland fue invitado a participar en un debate televisado de la BBC.

—Pues no parece que sus tesis hayan tenido mucho predicamento en todos estos años (comenté yo, no muy seguro de mi afirmación, pero con ganas de chinchar a G).

—En las décadas posteriores yo diría que el diseño evolucionó en sentido contrario, debo admitirlo. Siempre ha habido diseñadores que nos hemos encontrado más a gusto diseñando la gráfica de una exposición que un envase de yogurt, pero han sido opciones personales que no reflejan la imagen de conjunto. Es más, nunca ha sido incompatible ni infrecuente que los diseñadores nos dedicáramos por igual a ambos tipos de trabajos. Como el propio Garland ha dicho en repetidas ocasiones, es prácticamente imposible ganarse la vida sólo con proyectos de índole social o cultural. Pero déjenme, caballeros, señalar un detalle que creo significativo: si en el año 2000 una serie de diseñadores firmaron un nuevo manifiesto siguiendo los pasos de Ken Garland no fue porque hubiera madurado un sentimiento de mayor concienciación cívica entre los integrantes de nuestra profesión, sino porque esta conciencia había crecido y ocupado un espacio de debate en el conjunto de la sociedad. Los diseñadores nunca haremos esta guerra por nuestra cuenta.

—¿Puedes enseñarme algo de este Ken Garland? Estaba pensando que quizá sería interesante escribir algo sobre él en la revista. La verdad es que ando escaso de temas…

—¡Claro! Hazme el favor –no estoy muy seguro de poder ponerme de pie–, en esa estantería de ahí enfrente, ya sabes, donde tengo las monografías sobre diseñadores, encontrarás un libro titulado Ken Garland. Structure and Substance, editado por Unit Editions…

—¿Por aquí? (Dijo el gacetillero tras un estremecedor crujido de rodillas que acompañó a su recuperación de la verticalidad).

—¡Ahí, ahí! Entre Diego Lara y Hermann Zapf…

—Sí, ya lo tengo… Deberías ordenar los libros por orden alfabético y no por el color de los lomos…

—Trae, mira, te enseñaré algunos trabajos que me parecen de lo más interesante. Mira, por ejemplo, todo lo que hizo para Galt Toys, un fabricante de juguetes: desde la identidad de la tienda a la creación de algunos juguetes didácticos…

—¿Trabajaba solo?

—No, su estudio, Ken Garland and Associates, siempre estuvo formado por no más de tres socios y algún ocasional estudiante en prácticas. Era un modesto estudio que montó en su propia casa y en el que siempre se evitó escrupulosamente la jerarquización del trabajo. Para Garland siempre fue una prioridad mantener una estructura reducida y modesta.

—Hace unos pocos años entrevisté a uno de los más destacados diseñadores de la nueva generación que se jactaba de tener un grupo ingente de personas trabajando para él: prácticamente se burlaba de los diseñadores que pretendían sobrevivir con una estructura de dos o tres personas…

—Ya… ¡Como nos gusta pontificar en este país! (a mí el primero). Supongo que a ese diseñador le parece estupendo que los bancos tengan una gráfica digna, mientras la cafetería donde desayuna se siga apañando con lo que le proponga una imprenta digital… La nuestra es una profesión formada por demasiada gente que nunca ha tenido que ganarse la vida haciendo encuestas telefónicas o sirviendo carajillos… ¿Cuántos diseñadores de primera fila conoces que hayan salido de La Mina o de Carabanchel? Pero ese es otro tema… Mira esto, todas estas portadas para la revista Design, trabajos de juventud de nuestro amigo Garland…

—Veo que hay algunas cubiertas de libro que llevan su nombre…

—Sí, Ken Garland ha dejado su filosofía del diseño por escrito en varios libros y artículos, en los que siempre subyace una advertencia a los jóvenes diseñadores: mucho cuidado con ceder al ensimismamiento profesional. En una ocasión leí una entrevista suya en la que señalaba que posiblemente una de las mejores imágenes corporativas jamás creadas fue la del régimen nazi. Hay que hacer el mejor de los diseños ¿Pero al servicio de quién? No sé, quizá la vejez me esté radicalizando o, sencillamente, nublando la razón, pero afirmo que hay trabajos de diseño maravillosos al servicio de causas dudosas o directamente repugnantes. ¿Seremos capaces algún día los diseñadores de premiar realmente a los profesionales que contribuyen a mejorar el mundo y no a hacerlo más bonito?

—Ahora mismo, no te sabría decir… ¿Me puedo llevar el libro?



Burney Bubbles, el grafista enmascarado



Artículo publicado en la revista Visual
 

Burney Bubbles, el grafista enmascarado
  
Dejó su huella –que no su firma– en la funda de discos emblemáticos de finales de los setenta y de los ochenta. Bajo el pseudónimo de Barney Bubbles, el grafista Colin Fulcher (1942-1983) transitó de la estética hippy al Punk y la New Wave sin dejar de ser él mismo. Suyas son algunas de las cubiertas más emblemáticas de la música pop de principios de los ochenta. Apasionado del diseño gráfico, explorador de nuevos caminos, referencia de una generación y autocrítico impenitente, fue su voluntad pasar desapercibido. Casi lo consigue.




No es fácil habitar en la piel de G. Esto lo sabe bien el propio interesado y así se lo hace saber a si mismo en uno de sus epigramáticos pensamientos –«Mi vida se reduce a una lista demasiado larga de decisiones absurdas– mientras sostiene en sus manos el retrato de ese escritor que tanto detesta, Ernest Hemingway. Alguien le regaló ese retrato haciéndole notar que era una ausencia inexcusable en su particular panteón de los suicidas, una amplia pared de su biblioteca en la que se amontonan diversas fotografías de escritores que decidieron elegir ellos mismos la segunda cifra que figura tras su nombre en lápidas y enciclopedias. En el equipo de música, Rubén Blades se erige en la voz burlona y salsera de su conciencia: «Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas».

No, no, de ninguna manera. Ese escritor insustancial, vanidoso y asesino de animalitos inocentes no merece estar al lado de Alfonsina Storni o Paul Celan. Con un gesto iracundo, G lanza el pequeño retrato a la papelera: no se hable más.

Superado el episodio Hemingway, G regresa momentáneamente a su vida de joven anciano con todo el tiempo del mundo para inventarse problemas que hayan de derivar en nuevas decisiones.

¿Y si preparara un libro sobre diseñadores suicidas? La idea es lo suficientemente marciana como para encontrar fácil acomodo en su mente. Se quedará en nada y lo sabe, como tantos otros proyectos, pero eso no le impide comenzar a darle vueltas al asunto. Obviamente, el genial Cassandre será el primero de la lista. El segundo…

A G no se le ocurre a ningún otro colega que haya salido pitando de si mismo y su circunstancia por la salida de urgencia. Estos diseñadores siempre se van quejando –piensa–, que si el estrés, que si la incomprensión de las instituciones, que si la tacañería de los clientes, que si el intrusismo profesional, que si esto, que si lo otro… Pero al final se agarran a sus vidas penosas como garrapatas.

G escribe un largo y florido correo electrónico a su amigo el gacetillero de la revista de diseño, que no tarda en responder: «Sólo se me ocurre un nombre para aportar a tu lista, el de Barney Bubbles, un diseñador de los ochenta que hacía cubiertas para Elvis Costello. No tengo más información de él que la que da nuestro común amigo Jaume Pujagut en un librito que publicó en la extinta colección «deu per catorze», allá por el remoto año 92. Búscalo en tu biblioteca. Seguro que lo tienes. Por cierto, si encuentras más información, podríamos escribir un artículo para Visual».

G recuerda bien el librito en cuestión: estuvo dudando largo rato en cómo clasificarlo, hasta que decidió archivarlo en un estrecha estantería junto a otros libritos liliputienses.

Localizado el pequeño volumen –apenas un par de pliegos de 16 páginas encuadernados en cartón y tela–, los datos comienzan a dibujar al personaje. Dice Pujagut que los años más fructíferos de Barney Bubbles hay que datarlos entre 1977 y 1981. Además apunta un dato curioso:

«Dado que este pionero del nuevo diseño gráfico británico se negaba a firmar sus obras me ha sido imposible autentificar sus trabajos».

Suficiente para que el hasta ahora desconocido diseñador vaya adquiriendo un aura de personaje maldito a los ojos de G, despertando –huelga decirlo– todas las simpatías de las que es capaz nuestro hombre.

Asomado a Internet, descubre que hay un libro publicado sobre Bubbles: «Reasons To Be Cheerful: The Life and Work of Barney Bubbles», de Paul Gorman, publicado por una editorial inglesa llamada Adelita. En su biblioteca, sin embargo, apenas encuentra un párrafo sobre su trabajo en «El diseño gráfico», una historia abreviada de Richard Hollis, publicada en nuestro país por Destino (2000). Un párrafo en el que Hollis enmarca su obra dentro de la órbita Punk:

«El Punk encontró una respuesta rápida entre los diseñadores encantados con el estilo moderno. Apareció en formas similares en otros países europeos, sobre todo en los Países Bajos. En Inglaterra, Colin Fulcher, que adoptó el nombre de Barney Bubbles, fue el más original de todos. […] Bubbles utilizó parte del enfoque directo y nada sofisticado del Art Brut, exponiendo el proceso de fabricación, como imprimir con un equipo de imprenta de juguete con tipos de goma. De hecho, explotó el uso directo de la cámara de revelar en su estudio, construyendo sus diseños con una serie de improvisaciones y manipulaciones de escala, a la vez groseras y delicadas, positivo y negativo» (traducción de Esther Roig).

Vaya, sin duda Bubbles estaría encantado con gran parte de ese diseño que reivindica los procesos artesanales que se está haciendo hoy día, piensa G. El bueno de Barney (ya le está tomando cariño), que abandonó este mundo un año antes de que el primer Apple Macintosh saliera al mercado y no tuvo la oportunidad de explorar las posibilidades de esa herramienta. ¿Qué derroteros hubiera tomado su trabajo?

De seguir entre nosotros, es posible que tuviéramos que hablar de él como de un ex-diseñador dedicado a otros menesteres, ya que en los últimos tiempos estaba más interesado en la realización de videoclips (sólo por el que dirigió para «Ghost Town» de The Specials dicen que ya se ha hubiera hecho merecedor de un lugar en la reciente memoria musical). Solía decir que su tiempo ya había pasado, que era el momento de dar paso a otra generación. Un sentimiento inquietante, teniendo en cuenta que cuando decía esto aún no había cumplido los cuarenta.

Haciendo un repaso al trabajo de Bubbles, G llega a algunas conclusiones. En primer lugar, no nos puede resultar extraño que un diseñador de su talento haya quedado oscurecido frente a la humilde historia de nuestro oficio: reducir tu ámbito de trabajo al mundo de los sellos discográficos más o menos minoritarios y dejar como único testimonio de tu autoría un número de identificación fiscal, algún disparatado pseudónimo o sencillamente nada, no parece la mejor estrategia de autopromoción.

Bubbles, cuyo apodo obedecía a los juegos de luces escénicas –burbujas de colores– que creaba para el grupo Hawkwind –cuya imagen integral era obra suya: desde el bombo de la batería hasta la papelería comercial– era un trabajador incansable, pero disperso, a lo que habría que añadir las frecuentes ocasiones en que desaparecía de escena durante una temporada. Luego reaparecía con la misma energía de siempre, pero era un outsider, lo que en el mundo del diseño gráfico de ayer, hoy y siempre equivale a ser casi un hombre invisible.

En la actualidad, nombres destacados de la gráfica ochentera como Malcom Garrett, Neville Brody o Peter Saville resultan familiares incluso para un estudiante de primer curso de diseño, sin embargo Bubbles, una referencia confesada por todos ellos, sigue siendo un gran desconocido.

Pero ¿Será posible saber algo más concreto o revelador sobre esta rara avis? No mucho. Diversas fuentes coinciden en explicarnos que Colin Fulcher, alias Barney Bubbles, nació en 1942, en plena Guerra Mundial (durante un ataque aéreo, como su coetáneo John Lennon).  Creció como un chico enfermizo en Whitton, un barrio burgués y conservador de Londres cercano al aeropuerto de Heathrow. Nada que objetar, ya se sabe que los barrios conservadores fueron una cuna importante de hippies a finales de los años sesenta. También se sabe que estudió en el Twickenham College of Art y que su padre se dedicaba a la ingeniería industrial. A mediados de los sesenta, trabajó para el grupo Conran (la gente de Habitat), diseñando algunos de los primeros catálogos de la marca. Según se dice (y así aparece en las fotos de la época), era un tipo divertido que combinaba sus ganas de hacer cosas distintas con un exigente perfeccionismo.

¡Teléfono!¡Teléfono! Grazna Allan, molesto por ser despertado tan abruptamente de su letargo. Nuestro hombre, sobresaltado, se abalanza al primer cajón de una cómoda, de donde saca el aparato telefónico (lo suele ocultar en sitios así, ya que su mera presencia lo saca de quicio). Agarrando el auricular con el mismo entusiasmo con el que se aferraría a un excremento de perro, carraspea y contesta. Es su amigo el gacetillero: ha encontrado algo que le interesará, la única entrevista que concedió Barney Bubbles, en el número de noviembre de 1981 de la revista The Face, biblia en fascículos de los modernos de la época. Se la ha escaneado y enviado por correo electrónico.

Estos plumillas y su manía de acumular papel a veces le resultan a uno de utilidad, piensa G, mientras va sorteando por el pasillo pilas de diarios y dominicales amontonados desde hace años esperando su destino.

Con ayuda del diccionario, G avanza a trompicones en la lectura del artículo. Su inglés es paupérrimo y a estas alturas ha renunciado definitivamente a poder leer a Yeats sin atorrantes traductores de por medio.

Parece que el entrevistador de The Face fue a visitar a Burney Bubbles con cierta aprensión, ya que gente de su entorno le había advertido que se trataba de un tipo tirando a excéntrico o, como poco, un poquito raro. Nos explica que se encontró con una persona muy simpática y energética con un «ligeramente anárquico sentido de la moda» y un humor corrosivo, notablemente autocrítico. No queda demasiado claro si sus sospechas fueron refutadas o, por el contrario, se confirmaron. Más bien parece lo segundo, cuando subraya que de vez en cuando su interlocutor estalla en incontrolables raptos de risa nerviosa.

Barney no quiso fotografiarse para The Face: otro corte de mangas a la popularidad. A cambio, entregó un autorretrato para ser publicado. Por la conversación que mantiene con el periodista, Dave Fudger, parece que sus comienzos fueron los de un prometedor niño prodigio acaparador de premios. Su interés por la escena musical arranca de sus años de estudiante, una época en la que ser diseñador en Londres, según Barney, «molaba» más incluso que ser fotógrafo. No oculta su aversión por el trabajo de Alan Aldridge, la gran referencia en el diseño gráfico de la época relacionado con la música. «El hombre de los ojos caleidoscópicos», con sus amanerados y prolijos trabajos de aerógrafo, le resulta de lo más hortera.

A finales de los sesenta, Barney Bubbles vive como un auténtico hippy radicado en Portobello Road, en el bohemio barrio londinense de Notting Hill.

En la primera mitad de la década de los setenta, nos encontramos a un Barney Bubbles muy involucrado con el mundo de los grupos musicales emergentes.

Una situación personal difícil le lleva a retirarse a una casa de campo en Irlanda (donde, entre otras cosas, se dedica a cuidar pollos y ampliar su conocimiento de los movimientos artísticos). A su regreso comienza su fructífera relación profesional con Stiff Records y sus personales trabajos para las carátulas de Elvis Costello, Nick Lowe o Ian Dury & The Blockheads.

Algunas fuentes hablan de un trastorno bipolar, otras de un síndrome maníaco depresivo. Hay quien apunta que ya en 1983 las cosas no le iban bien a Colin Fulcher, también desconocido como Barney Bubbles: se sentía cansado y desencantado de su oficio y empezaban a rechazarle proyectos. A él, que una de las principales razones por las que trabajaba para el sello de su amigo Jake Riviera es porque no tenía que escuchar la monserga habitual de las grandes compañías: «nos gusta mucho tu propuesta, pero…». Las circunstancias no vienen al caso: saber simplemente que se encuentra entre aquellos que se fueron tomando una decisión realmente importante.

Ensimismado en sus investigaciones, G repara en que la noche llegó hace rato. En la penumbra de la estancia, la pantalla de su ordenador arroja con luz violenta la imagen de un hombre joven que hace una mueca al objetivo de la cámara. El cabello cortado a hachazos nos habla, efectivamente, de ese «anárquico sentido de la moda». En los ojos, teatralmente abiertos, las pupilas transparentes de su máscara nada revelan. «Nunca se es lo suficientemente viejo como para no hacer nuevos amigos» piensa G con su epigramático estilo…

La gráfica de la discordia

Artículo publicado en la revista Visual

La gráfica de la discordia


 Parece que el diseño gráfico solo encuentra eco en los medios cuando viene precedido del escándalo. A menudo éste arranca con el descubrimiento de un plagio en un concurso o en un encargo importante. En otras ocasiones, la polémica surge por la evidente falta de calidad de un trabajo, fruto de la mala gestión del diseño y del menosprecio al que a menudo se le somete por parte de ciertos gestores públicos. O bien consecuencia del intrusismo profesional. Sin olvidar a ese sector siempre alerta en defensa de las esencias de la ética y la moral: olor a incienso, sí, pero también a cierta progresía sin sentido del humor, siempre al acecho de lo políticamente incorrecto. El público, al final, siempre sabe distinguir el grano de la paja. No así algunos políticos, comentaristas o burócratas que, confundiendo el tocino con la velocidad, se felicitan cada vez que la polémica acompaña al diseño.







¿Recuerdas aquello de «que hablen de uno, aunque sea bien»?. Una vuelta de tuerca al dicho popular gracias a la pluma –nunca mejor dicho (ya me disculparás el chiste fácil)– del gran Oscar Wilde. Lejos de su ingenio –que no de su cinismo–, hace algún tiempo tuvimos que oír al alcalde de Madrid vanagloriarse de la polémica surgida tras la presentación del logotipo de la candidatura olímpica de su ciudad. ¿Recuerdas? Aquél que parecía una colección de chanclas de colores enterradas en la arena, ja, ja… Así que, según este señor, es fantástico que una candidatura que se pretende seria tenga un logotipo de calidad más que cuestionable: es bueno que hablen de uno, aunque sea mal. Un argumento estremecedor en boca de un administrador de lo público… Bueno, un logotipo coherente, en todo caso, con la bochornosa presentación de la candidatura.

Así se expresa G, al que la jubilación le ha sentado especialmente bien, mientras compartimos mesa en El sindicat del vi, un bonito bar de tapas de  Vilanova i la Geltrú, esa localidad costera cercana a Barcelona que ocupa ya un lugar en el mapa del diseño nacional gracias a los entusiastas organizadores del Blanc Festival.

Pero hoy no estaba en nuestros planes el diseño, ni siquiera como tema de conversación. Como digo, G está muy cambiado desde que ha abandonado su vida profesional: sale de casa sin problema e, incluso, no ha rehusado un paseo junto a la playa en este soleado domingo de febrero: le ha servido –a él, que ama los días grises– para encasquetarse un fúnebre sombrero de ala ancha que le protege del sol, pero no de la insolente curiosidad ajena (a la que contribuye la ruinosa presencia de un cuervo semi-desplumado sobre su hombro).

«Para gustos, los colores» o bien «sobre gustos no hay nada escrito», son dos frases que suelen aparecer en estos casos, replico distraídamente, más concentrado en los enérgicos y casi coreográficos movimientos de la camarera, que pasa, bandeja en alto,  esquivando a dos pequeñas bestias asilvestradas (dos adorables criaturas, dirán sus padres), que en las aseveraciones de mi colega.

¡Los que dicen eso no pueden ser más ignorantes! casi grita G, provocando alguna que otra mirada de curiosidad desde las mesas cercanas. Sobre gustos han escrito Platón, Aristóteles, Russell, Kant, Hegel, Diderot, Arnheim, Schopenhauer y un larguísimo etcétera de eminentes pensadores: hace siglos que la estética, esa rama de la filosofía, se ocupa de reflexionar sobre la belleza o, lo que es lo mismo, aquello que es o no pertinente en las creaciones humanas. No todo vale. Admito que el concepto de belleza no es inmutable o unívoco y que cuando hablamos de bonito o feo o, pongámonos pragmáticos, de eficaz o ineficaz, hemos de hacerlo en función de un determinado contexto, pero nunca aceptaré la relativización de la belleza en boca de cualquier consumidor del último disco de Operación Triunfo.

«Biberem humanum est, ergo bibamus» apostilla Allan, haciendo gala de a) su loable dominio del latín, b) su escaso interés por la conversación y c) su drama existencial, dada su condición de cuervo común, la naturaleza de la cita (beber es humano, por lo tanto bebamos) y que, debido a la cura de desintoxicación por la que atraviesa, solo le cabe sorber con desesperación la pajita de su refresco de cola.

Vuelvo a la nota de prensa que ha desencadenado la disertación de G. En la contraportada del diario local hay uno de esos apartados en los que salen las fotografías de algunos de los que el diario ha decidido catalogar como los protagonistas de la semana, acompañados de un semáforo o una flecha con el que se les censura, se les da un toque de atención o una palmadita en la espalda, según sean los méritos a los que se hayan hecho acreedores. En este caso, la foto del autor del cartel del carnaval de este año está acompañada de una flecha verde hacia arriba. El texto viene más o menos a decir que el diseñador ha hecho un excelente trabajo, ya que la mitad de la población se ha escandalizado por el cartel y a la otra mitad le parece, cuando menos, de lo más ocurrente. Es decir, ha creado polémica, que es, según el comentarista, de lo que se trata.

En nuestro paseo previo, ya habíamos visto y comentado el cartel, que en ningún caso habíamos podido contemplar en su totalidad, ya que, dado su formato horizontal, no cabía entero en los angostos y verticales espacios que la fisonomía urbana ofrece para estos menesteres, lo que había provocado un displicente comentario de G: ¡Hay, originalidad, cuántos pecados se cometen en tu nombre!

En el cartel aparecen los pies desnudos de un hombre, sobre los que ha resbalado una prenda interior manchada de una sospechosa sustancia marrón. Según parece, se trata de salsa xató, una salsa elaborada –me informa el siempre didáctico G– a partir de avellanas y almendras tostadas y que es ingrediente fundamental de la xatonada, el típico plato de la comarca, una especie de ensalada con escarola, bacalao, atún y anchoas que tiene su origen en las celebraciones con las que se recibía el vino nuevo. Vilanova, Sitges o El Vendrell se disputan el origen del invento.

Volviendo al tema, la metáfora escatológica está servida. ¿Esta metáfora es adecuada para expresar la irreverencia y la sensualidad del carnaval? G no parece interesado en el análisis de este punto:

Mira, no estoy en condiciones de discutir si el espíritu del carnaval está reflejado de manera cabal en esta imagen. Para mí esta fiesta, como las procesiones de Semana Santa, es solamente la excusa que tiene una minoría de ociosos para invadir el espacio público sin que nadie les afee la conducta ni les llame antisistema, contando, incluso, con el beneplácito de la siempre incompetente autoridad. Lo que me indigna es la ignorancia emboscada de complicidad de ese tonto comentario del periódico local. Nuevamente, se presenta la comunicación gráfica como el trivial pasatiempo de gente la mar de ocurrente a la que todos deberíamos reír las gracias suspendiendo, por enésima vez, nuestro sentido crítico. Al fin y al cabo, si los cocineros son la gran esperanza del arte contemporáneo, no es de extrañar que a los diseñadores gráficos se nos trate como confiteros de ocasión.

En este punto, ni siquiera la conversación galante que Allan intenta mantener con la camarera –«¿Así que húngara, preciosa? Yo adoro la música de Listz»–  distrae a G de su andanada verbal:

Lo que a mí me saca de quicio es como nuevamente la ética y la estética quedan fuera del debate público. No sé si ese cartel ha sido editado con dinero público –por la profusión de logotipos institucionales, estoy tentado a creer que sí– pero de lo que sí estoy seguro es de que está repartido por los muros y escaparates de esta localidad, formando parte de la «iconosfera» que a todos nos toca compartir. Dicho de manera más clara, sea su origen privado o no, lo que está claro es que su fealdad ha sido nacionalizada. Estoy seguro de que aquí, como en cualquier parte de este incorregible país, hay buenos profesionales capaces de realizar un trabajo digno, que sirva con eficacia a los objetivos planteados. Objetivos que, en un cartel, son, corrígeme si me equivoco: 1) que atraiga la mirada, que llame la atención (objetivo cumplido a medias, en este caso, ya que, a pesar del recurso fácil a la escatología, como artefacto visual tiene muy poca pregnancia); 2) que informe, que nos explique ágil y fácilmente de qué se trata (la composición tipográfica no es precisamente un alarde de legibilidad y la imagen puede comunicar muchas cosas, de las cuales, la más evidente no es precisamente el concepto «fiesta» o «carnaval», a no ser que entendamos que dicha fiesta consiste en la celebración de la evacuación intestinal); 3) importantísimo, un cartel es un arma de seducción, una invitación a «comprar» aquello que se nos ofrece, ya sea un bien material o un acto cultural (sin duda, este cartel sirve más bien para reafirmar la actitud de los desafectos a esta fiesta); y 4) un cartel debe aspirar, desde la más grande de las modestias, a embellecer un poquito nuestro entorno (es obvio que no es el caso).

Alguien argumentará que el carnaval es transgresión y que por eso este cartel es muy adecuado –replico yo, por hacer un poco de abogado del diablo (y porque ya le voy cogiendo el gusto a esto de provocar a mi colérico amigo).

¡La transgresión se hace desde la inteligencia crítica, no desde un infantil «caca, culo, pedo, pis»! ¡Y siempre, siempre, contra el poder y sus coartadas morales…! ¡Escandalizar a las viejas es cosa de niños con problemas de…!

G es interrumpido por un vendedor de rosas pakistaní que, ante nuestra negativa (la mía en particular de prestarle dos euros a Allan, que quiere obsequiar con una rosa a la sufrida camarera), se marcha refunfuñando entre dientes: «ya no hay amor, sólo chiqui-chiqui».

Maldita sea, este tipo me ha hecho perder el hilo… Protesta G.

Aprovecho el lapsus, para meter baza:

Estamos tan acostumbrados a que los carteles de carnaval nazcan asociados a algún tipo de polémica, que dentro de nada el diseñador que haga un cartel que comunique lo que tenga que comunicar sin irritar especialmente a nadie (excepto a la casta fácilmente escandalizable, pero esa casi no sale de la caverna), estará tentado de sentirse casi un fracasado. Me viene a la cabeza el cartel del carnaval de Reus del año pasado: hubo una fuerte polémica porque aparecían dos pechos desnudos y generosamente recauchutados como reclamo. En las redes sociales fue tildado de sexista, denigrante, obsceno y no sé qué más… Lo más clamoroso era lo increíblemente malo que era como pieza publicitaria, una auténtica lección de todo aquello que se debería evitar: un nuevo y rutinario plagio al logo de Milton Glaser («I love NY»), un injustificado filtro de PhotoShop, un fotomontaje amateur, un texto ilegible…

Desconozco ese cartel. ¿Se hizo algo al respecto?

El cartel fue retirado, pero no porque fuera sexista o sencillamente un adefesio, sino porque la imagen había sido robada de una página erótica y a los organizadores les entró el temor de que les cayera una demanda. ¿Qué te parece?

Me parece más de lo mismo: sintomático del nulo valor que se le da al diseño gráfico en estos lares.

Pues la cosa tiene su segunda parte. Este año han hecho una especie de respuesta visual al escándalo suscitado el año pasado. Es un fotomontaje donde aparecen desnudos el alcalde y una teniente de alcalde como si fueran un padre con su bebé, acompañados del lema «amable y familiar», supongo que como respuesta a las objeciones que estos políticos habían puesto al cartel del año pasado.

Todo un meta-discurso bastante garrulo, por lo que entiendo. ¿Y formalmente, qué tal?

Un auténtico despropósito gráfico, más propio de un contexto escolar de primaria que de una ciudad como Reus. De hecho el autor es el mismo que el del año pasado. Parece que en un año no ha progresado adecuadamente…

Ya ¿Recuerdas algún otro ejemplo? Creo que aquí tienes material para un articulito de los tuyos…

Pues sí, este año ha habido polémica también en Solsona. Como quizá ya sabes, allá tienen un obispo –o arzobispo– que se ha metido en algunos jardines poco recomendables, aleccionando a sus subordinados y demás parroquia contra la causa independentista…

Ah, no lo sabía… Yo no pierdo mi tiempo con periódicos, esas lecturas efímeras…

Pues en el cartel del carnaval de Solsona de este año se puede ver el torso de un hombre que se abre la sotana y deja ver el símbolo de Supermán…

Ya, como un nuevo y tonsurado Clark Kent… Una idea simpática y tontorrona, como el propio carnaval.

Pues no es lo que opinan algunos, que han puesto el grito en el cielo (nunca mejor dicho) y lo han tildado de irreverente y de mal gusto.

Con la Iglesia hemos topado: el copyright de la Inquisición es suyo. ¿Qué esperas? En cuestiones estéticas, los sacas del tenebrismo y se pasan a la estética del bajorrelieve geométrico con pinceladas de surrealismo daliniano y antiguas postales de Ferrándiz. En fin, ya sabes, la decoración de las iglesias de los setenta, curas con barba y misas con tejanos marca Lois y guitarra…

Un escalofrío recorre el cuerpo de G, quizá recordando algún episodio inconfesable de aquellos años…

La Iglesia ha opinado reiteradamente sobre temas gráficos, apunto mientras G vacía su vaso. A finales de los noventa, Nazario hizo un cartel para las fiestas de la Mercè de Barcelona que le valió los reproches del cardenal de la ciudad: lo encontraba muy arabizante y, por tanto, muy poco cristiano…

Sin palabras, zanja G. Por cierto, ¿has visto los carteles de la última película del pelmazo ese del Dogma? Se trata de una colección de carteles en la que se alternan los rostros de los actores. Una película, cuyo único y apasionante argumento es la ninfomanía de la protagonista, se explica con elocuencia mediante los rostros extáticos –con equis– de los actores y actrices que aparecen en el film. Me recuerda la acertada comparación que establecía Romá Gubern, en alguno de sus ensayos, entre las representaciones pictóricas de los arrebatos místicos y las fotografías de las revistas porno: el gesto es idéntico en ambos casos.

Según he leído, no sólo los carteles, sino también el logo, con esos paréntesis que aluden al sexo femenino, han dado de qué hablar. Curiosamente, yo creo que en esta ocasión sí se buscaba la polémica…

Pero la gráfica es impecable… Dudo de que la película esté a la altura…

¿Y qué me dices de las campañas publicitarias de Oliverio Toscani para Benetton? Es evidente que las imágenes han buscado la controversia…

Sí, pero ante todo el impacto. Nada hay nada de malo en buscar la sorpresa del espectador con un gag visual que dialogue con el eslogan de la marca. Cierto que a la Iglesia poca gracia le pudo hacer el cartel en el que un cura y una monja se besan en la boca, pero a mí me parece un ejercicio inocente y hasta diría que bienintencionado. Ahora, lo que me produce mucha más inquietud es esa otra línea, supuestamente concienciada socialmente, en la que se nos muestra a un moribundo a causa del VIH o a un condenado a muerte. Lo siento, pero no lo veo. Puedo estar equivocado, pero éticamente no puedo aceptar que se utilicen estas tragedias humanas para vender trapitos.

El argumento de la empresa es que contribuyen a denunciar esas tragedias, replico.

¿Denunciar? ¿Insertando el logotipo de una marca de moda sobre la imagen de un tipo al que van a ejecutar con una inyección letal? Eso, desde mi punto de vista, contribuye más a trivializar que a denunciar. Pero, repito, quizá esté equivocado…

Bueno, no deja de ser una empresa privada. Ellos verán si les funciona.

En realidad –en este punto, G adopta un aire entre pensativo y soñador– creo que el gran tema que subyace en todo esto que estamos hablando es la poca importancia que las instituciones públicas dan a la comunicación visual, es más, la falta de respeto que muestran hacia los profesionales de la gráfica…

Sin duda voy a estar de acuerdo contigo, pero ¿a qué te refieres exactamente?

Pues por ejemplo, al tema de los concursos. No puede ser que se convoquen concursos abiertos a la participación de todo el mundo y que luego haya un jurado configurado por políticos, artistas locales o arquitectos en paro que tengan que seleccionar entre miles de propuestas, para que al final la decisión recaiga en los internautas con sus votos…

¿No será que te puede tu vena elitista? Replico, aun estando por completo de acuerdo.

No. Precisamente porque creo en el diseño gráfico como servicio público, me parece que los concursos deben gestionarse entre profesionales. El voto popular ignora muchas cuestiones que un experto ha de tomar en consideración. Tampoco me parece razonable animar a que cualquiera se presente a uno de estos concursos. Deberían estar restringidos a profesionales cualificados, sin excluir que pueda haber convocatorias para estudiantes. No es operativo que un jurado tenga que enfrentarse a centenares de propuestas, la mayoría de las cuales no llegan ni a la categoría de «amateur». Un cartel o un logotipo para una institución pública cumplen una función muy específica, no son un capricho una mera pieza de decoración (o no deberían serlo). Y los pagamos todos con nuestros impuestos. Es indignante tener que leer majaderías como la que ha dado pie a esta conversación…

La Internacional Papanatas está presente en todos los medios, vete acostumbrando, advierto a mi amigo.

Por no hablar del intrusismo profesional –prosigue G–, más sangrante cuando procede de colectivos que deberían demostrar una sensibilidad bien distinta.

No te sigo…

Pues por ejemplo, el Colegio de Diseñadores de Interior y Decoradores de Cantabria: se les ha ocurrido la peregrina idea de regalar al Ayuntamiento de Santander la imagen gráfica de un mercado al aire libre que se hará en un espacio emblemático de la ciudad.

Vaya, entre bomberos, empezamos a pisarnos la manguera…

Ríete, pero es triste que un colectivo de diseñadores demuestren una ignorancia y una falta de respeto idénticas a las de muchos oscuros burócratas de las administraciones…

¿Y qué tal lo que han hecho?

Bueno, hay que reconocer que han sido coherentes: han presentado unas propuestas que ningún ayuntamiento solvente aceptaría ni regaladas.

Ja, ja, pues yo sé de un caso bastante parecido, también con un diseñador de interiores como lamentable protagonista: un tal Nacho Moscardó regaló una imagen gráfica al patronato de turismo de Alcossebre para promocionar la ciudad fuera de los meses de verano…

Ah, sí, conozco el caso: el hombre además se jacta de trabajar gratis y hasta se pone a dar lecciones de moralidad a los demás, diciendo que no hay que mirar tanto el dinero. Supongo que a él el banco también le cubre las cuotas de la hipoteca de forma altruista y en la panadería están encantados de ofrecerle sus baguettes con la única recompensa de que tan insigne caballero las deguste acompañadas de un buen chuletón, cortesía del carnicero.

Si has visto el trabajo, verás que no le ha puesto precio porque tampoco vale nada: a un alumno que hiciera eso en una escuela de diseño seria, le suspenderían…

Anda, prueba las croquetas, no las vas a probar mejores, zanja jovial G.

Never more, corrobora Allan.




Homenajes, parodias, plagios y coincidencias

--> Artículo publicado en la revista Visual 

Homenajes, parodias, plagios y coincidencias

La copia es una práctica tan antigua como la propia actividad artística. Gracias a esforzados copistas romanos han sobrevivido réplicas de esculturas griegas de cuya existencia jamás hubiéramos tenido noticia. Pero la copia puede tener muchas derivadas no siempre perfectamente discernibles entre si, desde el que copia para aprender hasta el que pretende hacer pasar por suyo aquello que ha copiado (plagio). A lo que hay que sumar las desafortunadas coincidencias –haberlas, las hay–, las parodias o los homenajes, por no hablar del «recorta y pega», un delito incruento pero deleznable, sobretodo cuando el que lo ejerce es también un creador perfectamente informado de lo ilícito de su acción. Las imágenes que ilustran este artículo son un pequeño resumen de todas estas posibilidades: desde que el que se apropia indebidamente de una imagen con la vana esperanza de no ser descubierto hasta el que lo hace precisamente con esa intención, ya que la copia es el mensaje.


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A Elvis Presley, como todo mito de masas, no le han faltado imitadores, ni en lo musical ni en lo indumentario (aunque parezca difícil de creer). Su primer álbum, del año 1956, fue homenajeado por los chicos de The Clash en 1979, en su álbum London Calling. Siniestro Total, grupo gallego –también bastante punkie–, hizo un homenaje al homenaje: allí donde Paul Simonon salía golpeando su bajo Fender Precision, vemos a un aguerrido gaitero haciendo trizas su instrumento. Mientras que el homenaje de k. d. lang a Elvis resulta evidente, en el caso de Tom Waits nos debatimos entre catalogarlo como un homenaje o un caso más de diseñador, digamos, poco dado a las elucubraciones tipográficas.




 
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En 2010 el diseñador Modesto García obtuvo el segundo premio en el concurso convocado para elegir el cartel anunciador del carnaval de Madrid. Dos años más tarde un esforzado pero torpe copista quedaba finalista del concurso convocado en Irún con «su» cartel. El bochorno público que, imaginamos, pasó este sucedáneo de diseñador, no fue obstáculo para que en 2014, alguien siguiera sus pasos (eso sí, esta vez sin calcar, que hasta para copiar hay que ser creativo).






 
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Mapa de los sonidos de Tokio es un largometraje de Isabel Coixet que optó a la Palma de Oro de Cannes en 2009. La película recibió algunos palos por parte de la crítica, básicamente relacionados con la tendencia de esta directora –según señalan algunos– a rodar largos y pretenciosos espots publicitarios cargados de tópicos, amaneramientos visuales y personajes poco creíbles heredados de su época de realizadora publicitaria. Este articulista ni entra ni sale en crítica cinematográfica y siempre es agradecido con quien le proporciona un rato de sueño reparador, pero estima que dado el background como publicista de la autora, resulta todavía más inexplicable lo que sucedió con el cartel de su película. El caso es que el ojo que aparece en el cartel está directamente tomado de una fotografía de Javier Aramburu publicada en el número 13 de la revista de moda Avenue. Eso sí, sin que Isabel Coixet, autora del cartel, se molestara en pedir permiso y ofrecer una justa retribución a su autor. En un principio, la productora de la película, Mediapro, reconoció el error, pero el pleito acabó en los tribunales, después de que Javier Aramburu recibiera una oferta de compensación económica que no dudó en calificar de vejatoria. Este articulista ignora, si lo hay, cual ha sido el fallo del tribunal y si tanto el fotógrafo como el maquillador han sido resarcidos de alguna manera.a﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽una fotografque aparece en el cartel estona un rato de sueño reparador, pero precisamente es debido al background como





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Ríete tú de las fortunas de los Bills y los Amancios si Milton Glaser hubiera percibido un dólar cada vez que alguien, en algún lugar del mundo, ha fusilado el logotipo que creó para la ciudad de New York. Y es que amor es lo que sobra: lo que faltan son ideas…



«¡La originalidad es un concepto muy sobrevalorado!».
La primera, en la frente, pensé.

Había ido a visitar a G y no pude dejar de comentarle que estaba preparando este artículo sobre la copia, el homenaje, etc.

En cualquier caso –prosiguió mi excitable amigo– cuando se habla de originalidad, se utiliza el término con muy poco rigor. Cualquiera que se haya enfrentado a la experiencia docente sabe cuan mitificado está el término entre la inexperta tropa y con cuanta facilidad se confunden originalidad y excelencia. Proponle a un alumno primerizo de diseño gráfico que te haga una propuesta de, no sé, una doble página de libro. Ya verás lo poco que tarda en poner la foliación en los márgenes interiores (o no ponerla), para romper así siglos de monotonía creativa, durante los cuales a ningún diseñador se le habría ocurrido la genial idea de poner el número de página en un lugar menos visible. O en proponer un formato de libro redondo o cualquier otra ocurrencia de este calibre.

Este candor del diseñador primerizo es entrañable –objeté–, forma parte de la vehemencia juvenil. Yo lo veo muy sano.

Ya… Y dice mucho de la manera de pensar de la sociedad en la que se desenvuelve, más atenta siempre a lo accesorio que a lo sustancial, atajó G, sin intención de dejarme colar ninguna otra frase.

Mi sano y entrañable colega ­–prosiguió–, hubo un tiempo, durante algunos siglos, en que esto distaba mucho de ser así. Me refiero al prestigio del que goza la originalidad. Los hombres miraban a la Grecia clásica con la melancolía y la añoranza de pensar que ninguna obra humana, ni artística ni literaria ni filosófica, podría medirse con la de aquellos hombres: el anhelo era parecerse a ellos. Por fortuna, los creadores de todos los tiempos, aún a su pesar a veces, han aportado nuevas miradas y formas, no mejores, pero sí distintas. A mi modesto entender, el malentendido sobre la originalidad nace junto a eso que llaman arte contemporáneo, cuando el solo hecho de proponer algo diferente, independientemente de su interés –intelectual o estético– o su pertinencia, se convierte en un bien intrínseco.

En este punto, quién sabe por qué asociación de ideas o por no haber respirado ni una sola vez en su discurso, G suspiró muy hondo, empuñó su vaso y dio entera cuenta de su whisky como si le fuera la vida en ello. Acercó mucho su cara a la mía. Mirándome muy fijo a los ojos y bizqueando ligeramente, continuó su argumentación:

Sólo a la sombra de este inmenso malentendido se explica que artistas como Dalí o Warhol sean muchísimo más conocidos hoy –y valorados– que Morandi o Hockney, por poner dos ejemplos más o menos coetáneos de aquellos. Pregúntale a cualquiera (he dicho a cualquiera, no a un crítico de arte) por qué le gusta tanto Dalí (o si el sujeto es un cinéfilo informado y moderno, puedes preguntarle por el movimiento Dogma) y te apuesto mi colección de bastones a que no tardará ni medio minuto en emplear el adjetivo «original». Y eso que lo que Lars von Trier y sus secuaces proponían en su manifiesto –bajos presupuestos, cámara al hombro, sonido ambiente, argumento lineal– lo podría haber firmado cualquier realizador de cine porno.

Puedo estar de acuerdo prácticamente en todo lo que dices, repliqué, pero no acabo de ver a dónde quieres ir a parar…

Quiero ir a parar en que nadie en su sano juicio puede ser tan arrogante como para calificar su obra de original si su obra vale realmente la pena. Todo lo que hacemos los creadores, sea mejor o peor, es trabajar sobre una herencia de siglos. Es sólo gracias a las aportaciones de todos los que nos precedieron que no nos vemos en la penosa situación de trabajar partiendo de cero. No puedes enfrentarte a un encargo sin documentarte sobre el tema y sobre lo que se ha hecho ¿No?

Naturalmente, eso de no documentarse para no recibir influencias suena a artista romántico…

¿Romántico? Ejem, suena a majadería, sencillamente. ¿Qué sucede cuando no te documentas? Que a lo mejor, con mucha suerte y si eres mínimamente brillante, llegas a la misma conclusión a la que alguien llegó cincuenta años atrás. ¿Y qué hemos adelantado con eso? Mira, yo siempre cito aquella frase de Isaac Newton: «Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes».

Entendido ­–dije– la originalidad absoluta no existe.

A veces la originalidad es criminal y fascista: si yo me muevo en el metro de una ciudad desconocida, lo que exijo al diseñador de la señalización es que haya sido lo suficientemente poco «original» para que, con el conocimiento previo que yo tengo del código establecido en las señalizaciones de los metros de la mayoría de las ciudades civilizadas, no me pierda por sus pasillos y andenes, como un alma en pena, acordándome del árbol genealógico de tan «creativo» colega.

Ya –repuse yo, con elocuencia.

¿A qué viene todo esto? Te preguntarás, mi inquisitivo amigo. Pues ni más ni menos a que la idea de originalidad es la vara de medir de todo eso de lo que tú quieres hablar en tu artículo: copias, homenajes, coincidencias… Como bien sabes, antes o después, siento la imperiosa necesidad de invitar a Jorge Luis Borges a nuestras conversaciones…

(En este punto, se me escapó un «uf» por suerte inaudible para G, demasiado ocupado en escucharse a si mismo para reparar en mi interjección).

Nuestro ginebrino amigo porteño afirmaba, en variados momentos y rincones de su obra, que toda poesía se reducía a una limitada combinación de metáforas, siempre las mismas, las únicas posibles. Las combinaciones de palabras y de imágenes son infinitas, pero no es infinito, ni mucho menos, el número de estas combinaciones que tiene algún sentido o interés. O dicho de otro modo, todas las metáforas esenciales ya han sido formuladas (es lo que tiene nacer en un siglo tan tardío). Todo lo que los nuevos poetas puedan añadir nos remite a una serie de, llamémosles, modelos elementales. Es decir, todo nuevo poeta y por extensión, todo nuevo creador literario o visual está condenado a caer en los mismos argumentos y estrategias. El margen para la originalidad es estrecho y todo aquello que lo excede debiera ser la horma de nuestra humildad. He dicho.

G, que había terminado precipitadamente su discurso, se levantó de su silla y salió disparado hacia el lavabo del que volvió con expresión beatífica.

La próstata, muchacho –se excusó. No te hagas nunca viejo, es un mal negocio… Pero te decía… Bueno, no sé, es importante que entiendas que con todo eso no estoy defendiendo a los tramposos que utilizan el plagio como el camino más corto para ganar un concurso o resolver un encargo o aquellos otros, de peor calaña si cabe, que roban obras ajenas para enriquecer su bolsillo o su ego (o ambas cosas). Yo no soy más que un diseñador jubilado, pero sobre mis insomnios pesan muchas horas de trabajo delante del papel en blanco, duros momentos en los que las musas parecen haberse ido con la música a otra parte. En esos momentos, llegas a pensar que nunca más se te volverá a ocurrir una idea que valga la pena y que por qué demonios no le hiciste caso a tu santa madre y estudiaste algo de provecho y te hiciste notario o, como mínimo, registrador de la propiedad, aunque no tengas ni puñetera idea de en qué consiste ser registrador de la propiedad. Sé, en resumen, lo que es una vida de creador y el rechazo que me produce toda esa gente que medra gracias a las ideas ajenas.

Son unos ingenuos –interrumpí–, vivimos en un mundo donde al final todo se sabe. No entiendo como nadie puede pretender robar una idea y quedar impune…

Sólo una última cosa, muchacho –zanjó G–, guárdate mucho de acusar a nadie en tu artículo, porque es muy difícil deslindar el plagio de la mera coincidencia o de una mala jugada del inconsciente… Capítulo aparte merecen las parodias. El mismísimo Quijote nació como una parodia de los libros de caballerías. Y para que una parodia funcione hay que saber copiar y hacer cómplice al lector o al espectador de que se copia con la intención de que se sepa que se copia. La parodia no es, en esencia, distinta del «homenaje», sólo que en este caso el que copia rinde tributo al copiado. Nuevamente, vuelve a ser muy importante que quede fuera de discusión la intención con la que se hacen las cosas, ya que si el homenaje no es claramente percibido como tal, se queda en una miserable copia… Es un tema complicado y del que no están a salvo ni siquiera los genios ¿Sabías que talentos tan notables como Charles Chaplin o George Harrison perdieron demandas por plagio? Picasso decía, supongo que medio en broma, medio en serio, que «los buenos artistas copian, los genios roban».

«¡Quien esté libre de pecado… Que Dios se la bendiga!» graznó Allan desde su observatorio (el busto de Baudelaire), molesto porque le habíamos despertado de su siesta.