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viernes, 11 de diciembre de 2015

Como un corazón

Ya ha llegado a mis manos el CD «Como un corazón», la grabación en estudio de lo que finalmente no pudo grabarse en directo (el cartel ya estaba en la calle cuando la Generalitat retiró a última hora su apoyo a un gran concierto de flamenco que iba a celebrarse en El Palau de la Música de Barcelona).
La idea y la producción del álbum son de Alberto Manzano y la gráfica es mía: un corazón flamenco que por fin podrá latir en directo a principios del año que viene, si todo va bien, en algunas de las mejores salas de Madrid y Barcelona.



jueves, 3 de diciembre de 2015

Presentación de «Serratología» en El Prat del Llobregat

Algunas instantáneas de la última presentación, hasta el momento, de «Serratología».
Junto a Jordi Vicente, en la Biblioteca Antonio Martín de El Prat de Llobregat.






Tras las huellas de Óscar L. Zaid. Documental


Continúa el misterio en torno al malogrado autor de «Manuel de autoayuda para suicidas», Óscar L. Zaid. Este microdocumental, con más buena intención que acierto, pretende despejar las incógnitas.


sábado, 24 de octubre de 2015

Los macarras de la moral



 
© carlos cubeiro. Ilustración para «Los macarras de la moral», del libro «Serratología»


Vivimos en un país donde el clero todavía tiene un poder y, por tanto, una impunidad, exagerados. No representan a nada ni a nadie, y están en las antípodas de cualquier interpretación honesta de los evangelios. Cada vez que uno de sus representantes abre la boca, es la oligarquía, el fascismo y la cerrazón intelectual quien habla desde la más siniestra caverna. Pero nuestros curas, además, son castizos y chulos más allá de sus posibilidades, que para eso son de donde son. Los que paseaban bajo palio al pequeño genocida se creen con derecho a dar lecciones de ética. La canción de Serrat «Los macarras de la moral» retrata a la jerarquía eclesiástica, desde el título, con precisión de cirujano. «Si no fueran tan dañinos, nos darían lástima».


martes, 13 de octubre de 2015

Ilustraciones para un manual práctico para padres

La Fundación Bertelsmann acaba de editar la guía «¿Cómo orientar profesionalmente a su hijo?» con ilustraciones mías y dirección de arte y diseño de Winfried Bärhle.










viernes, 25 de septiembre de 2015

Amsterdam. Proyecto Brel

Amsterdam. © Carlos Cubeiro

En 2018 se cumplirán 40 años de la muerte de uno de los más grandes artistas que dio la canción francesa, del que han bebido prácticamente todos los que vinieron después. Con él tienen deudas contraídas, desde los cantautores patrios hasta David Bowie. Espero que para ese año el proyecto de libro ilustrado que empezó a caminar este mes pasado en Bruselas haya visto la luz. No será fácil encontrar editor y el escritor necesitará su tiempo.
De momento ya hay algunas decisiones tomadas: serán 33 canciones, el libro estará impreso en tres tintas directas y las ilustraciones aparecerán, junto a las citas de las canciones, a doble página.
He empezado a tomarle el pulso por una de mis canciones preferidas del poeta belga: Amsterdam. Para mi gusto, es un ejemplo perfecto de la alta calidad literaria de los textos de Brel. Curiosamente, no la grabó jamás en estudio, pero la interpretación en directo es de las que quedan para la historia, con un «crescendo» marca de la casa: sublime.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Los autores de «Serratología» se encuentran con el argumento de su libro

Serrat junto a los autores de «Serratología», Jordi Vicente y Carlos Cubeiro

viernes, 11 de septiembre de 2015

Nuevo proyecto

Este agosto, en Bruselas, ha empezado a caminar, con pasos indecisos, un proyecto de libro. Esta es una primera aproximación al tema, la técnica, el color…


viernes, 31 de julio de 2015

Cubierta e ilustraciones para la novela de Sebastià Alzamora «La Malcontenta»

«La Malcontenta» es una novela breve muy difícil de encasillar y ese es, quizá, uno de sus principales atractivos. El tono es casi el de un western crepuscular, de aquellos que filmaba Sergio Leone, en los que la cámara se demoraba en describir la caída de una gota de agua sobre el sombrero de alguno de los personajes y donde, en medio de una belleza desolada, aderezada con música de Morricone, siempre parecía que estaba a punto de ocurrir algo terrible (y a menudo, ocurría). Pero es también una de aquellas historias que podrían haber contado los ciegos de pueblo en pueblo, historias que relataban las malandanzas tremendas de unos personajes proscritos, enraizados en un paisaje y una época. Añádase a todo ello una ambientación en la Mallorca del siglo XIX y unas pinceladas de género fantástico.

Para los encabezados de los capítulos he realizado algunas viñetas que recuerdan a aquellos toscos grabados de madera de la literatura de cordel. Decidí divertirme, agarrar las gubias y volver a trabajar en linóleum, una técnica que sólo había experimentado en mis años de estudiante.

«L'amor». La Malcontenta







«La tos». La Malcontenta



«La venjança». La Malcontenta

«La geperuda de la lira». La Malcontenta




«Claus de Crist». La Malcontenta


La cubierta que había marcado el estilo y que, en principio iba a salir, era esta:



© Carlos Cubeiro



Pero el departamento de márqueting de la editorial la encontró muy extraña y decidió apostar por lo seguro, así que, entre los diseñadores del grupo Planeta y yo acabamos haciendo esta otra:








sábado, 11 de julio de 2015

Cubiertas para «novela negra»

La cubierta de «El lleopard» marcó la pauta para esta pequeña colección (los títulos de Jo Nesbø) dentro de otra colección (A tot vent, Proa).  Creo que a menudo los editores están demasiado preocupados por mantener las características gráficas de una colección, mientras paralelamente se descuida la coherencia del catálogo. Esto es un hecho fácilmente constatable en colecciones emblemáticas, como los clásicos Austral, que todavía dan vueltas y vueltas en torno a un diseño que, ni conserva la esencia del original, ni se acaba de desvincular, mientras da cabida a autores mediáticos que restan credibilidad al conjunto del catálogo. El resultado es que el lector hace mucho tiempo que ha dejado de creer en las colecciones y se interesa más por títulos particulares.
Por tanto, a estas alturas, plantear una gráfica coherente para una serie de libros sólo resulta útil e interesante si estos libros tienen, en efecto, una conexión entre sí.
Por eso me parece muy buena idea lo de crear colecciones dentro de las colecciones. Gráfica de «best-seller» sin emplear la Trajan, lo que siempre es un alivio…



© Carlos Cubeiro

© Carlos Cubeiro

© Carlos Cubeiro

© Carlos Cubeiro

martes, 9 de junio de 2015

Artículo Visual Magazine. Hermano Lobo.


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El atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo ha puesto en circulación una pregunta quizá algo insensata: ¿Cuáles son los límites del humor? Generalmente, sólo los regímenes liberticidas están en condiciones de dar una respuesta concreta a esa cuestión: dichos límites son los que establece la censura oficial.  Censura que también existe en países democráticos, pero de forma mucho más sutil. Los intereses empresariales, el poder de los lobbies, la corrección política e, incluso, la conciencia individual –esa quintacolumnista del sistema (Serrat dixit)– son a menudo responsables de todo aquello que se orilla prudentemente a la hora de estimular el cerebro mediante la sonrisa. Gran parte del humor gráfico practicado por el semanario español Hermano Lobo (1972-1976) –remedo del francés Hara-Kiri (origen de Charlie Hebdo)– sería hoy impublicable, reo de su manifiesta incorrección política. Por ella pasaron los humoristas más importantes de una época, como Chumi Chúmez, Forges, Perich, Summers, Gila, Ops / El Roto, o el mítico Quino, padre de Mafalda.



Portada para el primer número. Chumy Chúmez


Viñeta de Summers

Viñeta de Gila



 Hermano Lobo. Mucho antes de la corrección política


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«La comedia es igual a tragedia más tiempo». Esa es la frase que suele ponerse en boca de Woody Allen. Para ser exactos, no fue Allen quien la dijo, sino uno de sus personajes. En la cinta Crimes and Misdemeanors (traducida como Delitos y faltas en España) es el personaje interpretado por Alan Alda, un exitoso productor de televisión decididamente cretino, quien la dice. Así, al menos, se lo explica G a su amigo el gacetillero, un fan del cineasta neoyorquino no demasiado bien informado:

–No obstante, jovencito, tampoco es aventurado suponer que Allen expresa por medio de ese personaje, una opinión con la que se identifica pero de la que no está del todo seguro. Yo, al menos, no lo estaría…

–Sí, resulta impensable que algún día pueda tener gracia un chiste sobre el Holocausto, por más tiempo que pase… Ni sobre este atentado.

La conversación tiene lugar con los periódicos de la mañana sobre la mesa de la cafetería. Aún en estado de shock por el reciente atentado de París donde doce personas han sido asesinadas «en nombre de Alá» en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, ambos amigos departen sobre el tema de moda: los límites del humor.

–La religión y el humor no se llevan bien. Es lógico– Afirma G.

–El humor no se lleva bien  con ningún dogma, supongo– Replica el gacetillero, abstraído en los círculos que traza su cucharilla en el café con leche.

–Sin embargo, se pueden hacer chistes muy sabrosos sobre religión. Ja, ja. Me estaba acordando de aquella viñeta de Hermano Lobo… ¿Conoces Hermano Lobo?

–Sí, claro, era un semanario satírico de los setenta donde publicaba Chumi Chúmez, Perich, Gila, todos esos humoristas de tu época…

–La lista es extensa… Si quieres ahora te hablo de la revista, pero déjame recordar la viñeta… ¿Cómo era? ¡Ah, sí! No sé, debía de ser de Chumi o de Summers… Se veía a unos de esos encapuchados de Semana Santa atropellado debajo de un automóvil y en medio de un enorme charco de sangre. La pareja que supuestamente viajaba en el coche lo contempla y uno de ellos dice: «Al menos pertenecía a la Hermandad de la Buena Muerte». ¡Ja, ja! ¡La Buena Muerte! ¿No te hace gracia?

El gacetillero, más sorprendido que divertido, apenas logra esbozar media sonrisa:

–Humor negro, sin duda. Bastante inocente, por otro lado…

–Inocente, claro, pero políticamente incorrecto para los parámetros actuales. Si te interesa, puedes revisar todos los números de la revista en Internet, ya que su antiguo editor en papel, José Ángel Ezcurra, junto a Ediciones Pléyades y la Universidad de Salamanca procedieron hace ya una década a digitalizar todos los números que editaron, desde 1972 a 1976.

–La verdad es que me ha picado la curiosidad. Guardo algún recuerdo infantil de los dibujos de Chumi Chúmez y compañía. Además soy un devoto seguidor de las viñetas de El Roto en El País, ese periódico que pasaba por ser de izquierdas.

De vuelta a casa, ya por la tarde y en la soledad de su estudio, el gacetillero entra en la página de Hermano Lobo (www.hermanolobodigital.com). Para su satisfacción, la colección completa de la revista está escaneada a una resolución más que aceptable.

Aunque le hubiera gustado hallar más información acerca de la fundación y la trayectoria de la revista, encuentra algunos datos interesantes. Por ejemplo, que fue Chumy Chúmez (1927-2003) su principal impulsor y Manuel Summers (1935-1993) quien se inventó el nombre, parafraseando por igual a Hobbes (Homo homini lupus) y San Francisco de Asís (hermano Sol, hermana Luna…). Al ingenio de Summers se debe tambiprincipal impulsor de la revista que cabe». y San Francisco de Asantes. Por ejemplo, que fue Manuel Summersno uno de sus personaén el subtítulo de la cabecera: «Semanario de humor dentro de lo que cabe».

El donostiarra Chumy Chúmez (pseudónimo de José María González) procedía de La Codorniz, la revista fundada en 1941 por Miguel Mihura. Sus dibujos poseían una gran personalidad, heredera de Goya y de Solana, muy acorde con su temperamento nihilista e hipocondríaco (la muerte, en sus diversas manifestaciones, sería una de las grandes protagonistas de su obra). Además de sus actividades como humorista gráfico y pintor, dirigió alguna película, escribió un buen número de libros y fue un personaje popular en las tertulias radiofónicas.

Manuel Summers, nacido en Huelva en una familia de origen irlandés, fue también un autor polifacético: escribió y dirigió películas tan notables como Del rosa al amarillo o Juguetes rotos (nuestro gacetillero, al menos, guarda un grato recuerdo de ambas). También intervino como actor en algunos largometrajes y, como Chumy, participaba en tertulias radiofónicas y programas de televisión.

Otros dibujantes asiduos de Hermano Lobo fueron Forges, Andrés Rábago en su doble encarnación como Ops y El Roto, Perich, Quino o el inolvidable Gila.

Miguel Gila (Madrid, 1919 – Barcelona, 2001) fue un monologuista avant la lettre. Su solo legado basta para redimir un género tan maltratado por actores de escaso repertorio y algún espontáneo que la caridad invita a olvidar.

Un teléfono y una boina encasquetada hasta las orejas eran el único atrezzo que necesitaba Gila para cautivar amplias audiencias, primero en los teatros, y después desde la pequeña pantalla. Su humor del absurdo forma ya parte de nuestro patrimonio humorístico. Especialmente célebres son sus monólogos sobre la guerra, un tema del que tenía cierta información, ya que había combatido en la Guerra Civil Española a favor de la República. De hecho, fue hecho prisionero y fusilado, con la buena fortuna de que sus verdugos andaban más sobrados de vino que de puntería.

De todos los humoristas de Hermano Lobo, Gila era seguramente el menos dotado para el dibujo, pero practicaba con entusiasmo un humor negro que aún hoy pone los pelos de punta. Esa es al menos la conclusión a la que llega el gacetillero, sobre todo cuando descubre una viñeta en la que uno de sus personajes, después de descuartizar a su mujer con un hacha, exclama: «Y no sigo más por el qué dirán». Una viñeta que hoy día estremece, cuando la violencia ejercida contra las mujeres es noticia un día sí y el otro también (eso que tan desatinadamente desde el punto de vista semántico han dado en llamar «violencia de género»).

El gacetillero no sale de su asombro. Prácticamente todos los colaboradores de Hermano Lobo hacen chistes sobre el asesinato de mujeres, la pena capital en todas sus variantes, la mutilación de brazos o piernas, la homosexualidad, las minorías raciales o la muerte en sus más impúdicas expresiones. Todo un catálogo de la incorrección política que hoy sólo es posible encontrar en fanzines underground (valga la redundancia).

Eran otros tiempos. Los problemas para el semanario venían más bien de la ley Fraga (ese entusiasta colaborador del tirano, que murió casi en olor de santidad). Hermano Lobo fue expedientado y multado en diversas ocasiones. El número 153 fue secuestrado por la fiscalía, bajo la acusación de «menosprecio a la justicia». En la portada de dicho número, un personaje, dibujado por Ramón, escucha un voz tronante que le grita:«¿Conoce sus derechos?». Al responder, «sí, señor», la voz zanja la conversación con un contundente «¡Pues olvídelos».

El primer encuentro del gacetillero con Jaume Perich (Barcelona, 1941 – Mataró, 1995), conocido popularmente como El Perich, tuvo lugar a través de los álbumes de Astérix, que el humorista catalán adaptó al castellano. No sólo fue cofundador de Hermano Lobo, sino también, junto al también prematuramente desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, del mucho más politizado Por favor (1974-1978). El gacetillero, que a falta de cuervos parlanchines, ha convivido siempre con gatos adorablemente silenciosos, guarda con cariño el libro titulado Los gatos del Perich, desde cuya portada un minino inquiere al respetable: «¿Acaso hay gatos policía?».

Los dibujos de Antonio Fraguas, alias Forges, parece que han estado siempre ahí, formando parte del imaginario colectivo nacional. Con alguna película y una novela en su haber, también se ha prodigado en la radio y sus viñetas aparecen diariamente en diario El País. Algunos de los giros lingüísticos de sus personajes han encontrado feliz acomodo en nuestro lenguaje popular (bocata, muslamen, formidéibol…).

Aunque solo lo dibujó hasta 1973, el personaje de Mafalda ha quedado para siempre asociado al nombre de su autor, Quino (Joaquín Salvador Lavado Tejón), nacido en Argentina en 1932. Para darnos una idea de la importancia que adquirió esta curiosa niña existencialista y preocupada por la política mundial, podemos remitirnos a la respuesta que dio Julio Cortázar cuando le preguntaron su opinión sobre ella: «Eso no tiene la menor importancia. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí». Cuando Quino colaboró con el semanario que nos ocupa, Mafalda pertenecía al pasado y puede decirse que el humor del dibujante mendocino ahondó en sus aspectos más ácidos.

Actualmente, Andrés Rábago, en su encarnación como El Roto, también publica en El País. Sus viñetas han trascendido el territorio del humor para convertirse en un tratado de humanidades gráfico que mezcla la antropología, la filosofía,  la sociología y, en no pocas ocasiones, la más desolada y pura poesía. En Hermano Lobo comenzó firmando como Ops, pero pronto simultaneó sus dos heterónimos. Ops es algo así como un Roland Topor español que, con su dibujo de línea oscura e inquietante, desarrolla un humor negro tirando a macabro; mientras que El Roto es ese cronista apocalíptico que narra en pasado un desolador presente.

Hermano Lobo no fue la única revista de humor de aquellos años inciertos, en los que frágiles ancianos homicidas morían en su cama mientras perduraban en el aire el aroma a pólvora y los últimos chirridos del garrote vil: a la citada Por Favor, cabría añadir El Papus o Barrabás.

A los dibujantes que llenaban de ingenio las dieciséis páginas a dos tintas de Hermano Lobo, hay que sumar escritores como Paco Umbral, Manuel Vicent o Cándido. Toda una generación. Toda una época.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Serratología en «Els matins de TV3» (6 de mayo de 2015)

video

miércoles, 8 de abril de 2015

Serratología. Presentación oficial


viernes, 20 de marzo de 2015

Serratología. Ya a la venta

Como estaba previsto, Comanegra ya está poniendo en circulación el libro Serratología. Han sido tres meses de intenso trabajo que ahora culminan con un volumen muy bien editado (tapa dura y papel offset para la tripa, comme il faut).
El libro tiene dos prólogos, uno de Jordi Vicente, acerca de los textos, y otro mío, hablando de las ilustraciones y de mi vinculación con el imaginario serratiano. Lo reproduzco a continuación.

Fotografía: Editorial Comanegra





Serratología
Sobre las ilustraciones

Las imágenes trazadas por la memoria son engañosas, pero convincentes. Recuerdo cuando, en uno de los habituales intercambios que tenían lugar en los aledaños del colegio, llegó a mis manos un cromo de Serrat. El autor de Mediterráneo aparecía sonriente y con las manos en los bolsillos de la cazadora. Seguramente porque lucía pelo largo y el niño que yo era —escaso de herramientas para interpretar el mundo— confiaba instintivamente en ciertos símbolos de la disidencia, simpaticé de inmediato con aquel célebre desconocido. Más tarde, en ese incierto lugar que media entre la infancia y la adolescencia, escuché por vez primera su disco dedicado a Machado. En ese momento se abrieron muchas puertas por las que accedí a otros mundos: Aute, Paco Ibáñez, Amancio Prada, Silvio y Pablo, y, más tarde, Brel, Brassens, Ferré… Y, por supuesto, al vasto universo de Serrat. ¡Cuántas horas habré pasado emborronando papeles, mientras su música sonaba una y otra vez en mi viejo casete! En la mesa contigua a la mía, mi padre se emocionaba con esas mismas canciones, mientras dibujaba esos indios y cowboys con los que alimentaba a su antropófaga y variada prole. Durante algunos años no volví a escuchar a Serrat. Ni el desapego ni el cansancio se contaban entre las razones: sencillamente el trémolo de su voz, aquellas melodías, me traían de vuelta un mundo desaparecido demasiado pronto: una «dulce melancolía» que preferí conjurar. Conocí a Jordi Vicente con motivo del libro que dedicamos a Leonard Cohen (con textos de Alberto Manzano). Un día comentamos la gran ilusión que nos haría a ambos dedicar uno similar a Serrat. Nos pusimos manos a la obra y preparamos una maqueta para visualizar el proyecto. Fue el momento de volver a los diecisiete y reencontrarme con sus canciones. La que escogí para hacer una primera ilustración fue Romance de Curro «El Palmo», a mi juicio una obra maestra en la que encontramos todo aquello que distingue la escritura y el imaginario de Serrat: entre otros rasgos, su capacidad para condensar una gran historia en unos minutos y la ternura que le inspiran sus protagonistas —siempre humildes, siempre reconocibles—, nunca exenta de una acerada socarronería. Ilustrar canciones es una aventura abocada —casi por definición— al fracaso y digo «casi», porque, definiciones académicas aparte, el destino de la ilustración no es «dar luz», sino establecer un diálogo a tres bandas entre el texto, la imagen y ese ser desconocido y cómplice necesario que es lector y espectador a un tiempo. No se trata, en nuestro caso, de encomendar cada canción a una imagen que la esclarezca o la concluya, sino de crear un artefacto visual que, bebiendo del texto, establezca su propio discurso. En otras palabras, estas ilustraciones no son mi visión de las canciones a las que acompañan dado que esta visión está ligada a la experiencia de una emoción y las emociones que suscita la contemplación, la lectura o la audición de una obra son, creo, intraducibles a cualquier lenguaje, sino, más bien, el testimonio de un aspecto colateral de esa experiencia y, a la vez, un tributo a un artista al que tanto —y tantos— queremos.

viernes, 6 de marzo de 2015

Diseño «CLIL Catalogue for Primary» (Santillana)

Mi segunda colaboración con Santillana ha sido este catálogo de 48 páginas. La representación de este tangram polícromo sirve de hilo conductor de toda la gráfica.


 




jueves, 12 de febrero de 2015

Artículo Visual Magazine: Herb Lubalin


Un gigante de la gráfica visto a través de los ojos de G, diseñador jubilado


Herb Lubalin: genuino sabor americano







Cuando G le ofreció a su amigo el gacetillero la posibilidad de escribir por él el artículo sobre Herb Lubalin, todo fueron dudas:
–Me han dicho que al editor de Visual le hace especial ilusión que hablemos sobre Lubalin, no se trata de un artículo cualquiera…
–Razón de más para que yo me haga cargo. No olvides que fui profesor de lengua y literatura.
­–Estoy seguro de que tus alumnos de entonces han sido incapaces de olvidarlo. Pero no estamos hablando de literatura, sino de información.
–Puedes estar tranquilo. Además, ya sabes que los diseñadores no leen, solo miran los cromos. Tú ocúpate de seleccionar unas buenas imágenes, que yo haré el resto. Creo que mi Olivetti estará﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ Creo que mi Olivetti estaren, solo miran los cromos. Tde olvidarlo. Per esto ná en perfectas condiciones todavía. Anda, vete tranquilo de vacaciones, que yo me ocupo.
–Bueno, pero recuerda: nada de afirmaciones extemporáneas, ni de metáforas rebuscadas, ni de citas de Borges…
–No te prometo nada, pero no te preocupes. Nadie mejor que yo para hablar de Lubalin: sabes que junto a Paul Rand y Saul Bass, forma parte de esa santísima trinidad del diseño gráfico americano a la que yo venero.
–No te olvides de comentar que ahora su obra está más vigente que nunca entre los jóvenes diseñadores.
–Que sí, que sí, me referiré a él como al padre del rotulismo contemporáneo, si eso te hace feliz…
–Mejor, escribe lettering, todos te entenderán mejor…

Fue lo último que acertó a decir el gacetillero, antes de que G le diera con la puerta de la calle en las narices.

Ya por la tarde, con su trago de irlandés en la mano y sus viejas revistas de Upper & Lower Case desparramadas sobre su escritorio, G estaba listo para acometer su encargo. Allan, apostado delante de la máquina de escribir, también estaba preparado para teclear al dictado de su viejo camarada.
–Con la primera frase, tenemos que atrapar al lector, Allan. ¿Preparado?
–Never more…
–Así me gusta. Atención, teclea: «Herbert Frederick Lubalin, ese muchacho judío nacido en New York y criado en el Bronx, daltónico, taciturno y ambidextro, estaba llamado a…»
–¿Daltónico dices?– Le interrumpió Allan tras escribir apenas unas palabras (iba a ser realmente complicado teclear todo el artículo con su pico sin que se le resbalaran las gafas).
–Sí, daltónico: hay grandes diseñadores que han sido daltónicos y otros no tan grandes que realmente lo parecen…
–¿Y ambidextro?
–En efecto, cuentan que nuestro amigo Herbert era capaz de dibujar letras con la zurda mientras firmaba recibos con la diestra ¿O era al revés? También tenía un hermano gemelo, pero eso no lo vamos a poner.
–¿Por qué no?
–Porque es irrelevante. En cambio no podemos dejar de mencionar que fue alumno de la Cooper Union. Como sin duda desconoces, mi plumífero amigo, la Cooper Union es una de las pocas universidades gratuitas de los Estados Unidos. Para ser más exactos, está basada en un sistema de becas: los alumnos devuelven el gasto que se ha hecho en su educación cuando ya están inmersos en el mercado laboral. Esto hace que las probabilidades de acceder a esta universidad sean mínimas y los criterios de admisión extremadamente exigentes. Peter Cooper la fundó en 1859, bajo la firme convicción de que la educación universitaria de calidad debería ser gratuita. Eran hombres que de verdad creían en la igualdad de oportunidades.
–¿Una universidad para pobres?
–Es una manera de verlo, mi querido Allan. En cualquier caso, has de saber que se cuenta entre las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.  Está formada por tres facultades: arte, arquitectura e ingeniería. Allí también se formaron profesionales de la talla de Milton Glaser o Seymour Chwast, entre otros.
–¿De qué época estamos hablando?
–Lubalin se graduó en el año 39, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
–¿Eso quiere decir que combatió contra los nazis?
–No. En principio, que su mujer estuviera esperando un hijo le eximió de ser llamado a filas. Tras ser padre, recibió su cartilla militar, pero Herb tuvo el buen criterio de romperse la mandíbula en varios trozos contra el inodoro…
–¿Contra el wáter?
–Se cayó de cabeza mientras intentaba aligerarse de un consumo algo excesivo de Martinis. Precisamente, se estaba despidiendo de la vida civil… La recuperación fue larga y durante ese intervalo se cambiaron las normas y fue felizmente desmovilizado. Pero bueno, todo eso son anécdotas que no nos interesan. Tampoco quiero explicar que, según parece, nuestro hombre era un perfecto desastre con el dibujo figurativo: sólo faltaría que esos majaderos que afirman que un diseñador gráfico no tiene por qué saber dibujar encontraran en Lubalin un ejemplo irrebatible… Pero la realidad es que dibujaba letras con una facilidad pasmosa, despreciando reglas y compases, realizaba todos sus bocetos a mano alzada, con un rotulador negro de diez centavos, sobre papel de ese traslúcido. Pero lo importante es que Lubalin utilizaba la principal herramienta del diseñador gráfico con una precisión de cirujano…
–¿El cútter?
–¡No, animal!¡El cerebro! Te explicaré cómo nació uno de sus logos más conocidos: Mike Aron, uno de sus más importantes colaboradores de los últimos tiempos, tenía que diseñar la cabecera para una revista llamada Families. El día de entrega se aproximaba, pero no se le ocurría nada, hasta que recibió una llamada. Se trataba de Lubalin, que lacónicamente se limitó a decirle «ponle un punto a la “l”». Así nació uno de los logos que más veces se han reproducido asociados a nuestro hombre.
–¿Así que tenía colaboradores?
–Por supuesto. Tras largos años dedicado a la publicidad, en 1964 creó Herb Lubalin Inc., estudio en el que pronto contó con la colaboración de Ernie Smith y Tom Carnase (quien contribuyó decisivamente en la creación de la fuente Avant Garde Gothic). En el año 1969 se incorporó Tony Di Spigna (con quien Lubalin creó las fuente ITC Serif Gothic y Lubalin Graph). Pero el colaborador que estuvo más años junto a nuestro hombre fue Alan Peckolick. De hecho, cuando Herb Lubalin falleció a la temprana edad de 63 años (cielos, más joven que yo), su estudio se llamaba Lubalin, Peckolick, Associates, Inc., lo que denota que Herb veía en Alan (treinta años más joven) a una especie de heredero natural. Tengo que acordarme de mencionar todos estos nombres en el artículo…
–Eso de la publicidad me intriga. ¿Quieres decir que Lubalin fue en sus primeros años un, ejem, publicista?– Dijo Allan, pronunciando esta última palabra con evidente disgusto.
–Mira, en los años cuarenta, en los Estados Unidos, trabajar en publicidad era una opción prácticamente inevitable para cualquier diseñador que quisiera asomar la nariz en el mundo profesional. También Paul Rand y Saul Bass comenzaron haciendo publicidad. Pero volvamos al tema de los colaboradores…
–Sí, eso me interesa. ¿El viejo Herb era uno de esos listillos que firmaba los diseños de sus colaboradores como propios?
–No, no, no, al contrario. Ciertamente, el arte final de trabajos tan memorables como el de Mother & Child salió de las manos de Peckolick y Carnase, pero siempre a partir de un boceto de Lubalin donde todo estaba tan definido que se trataba sencillamente de pasarlo a limpio. Por cierto, como todos los diseñadores hacemos antes o después (lo confesemos o no), Lubalin recuperaba ideas que habían sido rechazadas para otros trabajos. Mother & Child iba a ser en realidad la cabecera de una revista que finalmente no llegó a salir. Cuando años más tarde le encargaron hacer la cubierta para un libro periodístico que oportunamente se titulaba Mother & Son, nuestro hombre recuperó aquel logo: solo tuvo que cambiar la palabra «child» por «son». Y ahora te voy enseñar algo que te va a volver loco…
G desapareció durante unos minutos para rebuscar algo en un rincón de su biblioteca. Finalmente, reapareció con cuatro libros que depositó sobre el escritorio. Efectivamente, cuando Allan vio el rostro de Marilyn Monroe multiplicado en una de las portadas, empezó a revolotear por la habitación canturreando una irreconocible versión de Candle in the Wing, el clásico multiusos de Elton John.
–Sabía que esto te complacería. Aunque parezcan libros, se trata en realidad de los cuatro únicos números que se publicaron de Eros, una revista editada por Ralph Ginzburg. Lubalin obtuvo muchos premios por su diseño. El editor tuvo algo menos de suerte y la edición de la revista le supuso ocho meses de prisión, condenado por distribuir «literatura obscena». El Fiscal General del Estado en aquel tiempo era el muy «liberal» Robert Kennedy. Fue un escándalo contra el que protestaron intelectuales como Arthur Miller o Allen Ginsberg.
G seguía hablando, aunque Allan hacía rato que estaba inmerso en la contemplación de la última y memorable sesión de fotos con la que Bert Stern inmortalizó la madura y frágil belleza de su adorada Norma Jean:
–Me gustaría enseñarte algún número de la revista Fact, pero no poseo ningún ejemplar. En ella, Lubalin desarrolla una gráfica muy sobria al servicio del nuevo proyecto editorial de su amigo Ginzburg. La revista tuvo que cerrar después de meterle el dedo en el ojo a Barry Goldwater, el candidato demócrata que perdió unas primarias frente a Lyndon Johnson. Allan, por favor ¿puedes prestarme un poco de atención?
–Sí, claro, pero me gustaría que me explicases por qué cuando hablabas esta mañana con el gacetillero, él se refirió a Lubalin como «el rey de las ligaduras»…
–Las ligaduras entre letras, mi umbrío camarada, son una constante en los trabajos de nuestro hombre. Precisamente, las ligaduras son protagonistas en lo que supuso el trabajo más importante en el que Lubalin y Ginzburg colaboraron: la revista Avant Garde.
–¿Avant Garde no es el nombre de esa fuente que nunca me dejabas utilizar en los tiempos en que todavía había un ordenador en esta casa?
–Es que Avant Garde es, en efecto, el nombre de la fuente que Lubalin creó a partir de la cabecera de la revista. La intención de nuestro hombre no era en absoluto la de crear un tipo de letra para que los alumnos de la ESO compusieran sus trabajos escolares: Avant Garde tiene vocación de titular, no de pie de foto. Le sienta fatal el cuerpo 10. Pero volviendo al tema, la creación de la cabecera para Avant Garde fue prolija. El viejo Herb probó con un montón de fuentes distintas, incluso con alfabeto hebreo, hasta que decidió experimentar con ligaduras entre letras capitales (mayúsculas, para que me entiendas, mi fúnebre compañero).
­–¿Lubalin diseñaba tipos?
–¡Diseñó más de cien! ¡Está entre los grandes diseñadores de tipografías de todos los tiempos! Y por si eso fuera poco, fundó junto a Aaron Burns y Edward Rondthaler la International Typeface Corporation (ITC), la primera gran fundición tipográfica en la era de la fotocomposición, esto es, la reproducción fotográfica de los tipos, una revolución anterior a la de la creación tipográfica digital…
–¿Y esos periódicos viejos que has dejado encima de la mesa?– Replicó Allan (poco dado a impresionarse por la habilidad de los humanos para dibujar letras).
–Son mis queridos y viejos ejemplares de U&lc (Upper & Lower Case), la revista con la que ITC daba a conocer sus tipografías. Te llegaba gratis a casa, por suscripción. Mira, los diseñadores de mi generación hemos comprado muchas revistas: colecciones enteras que acabábamos tirando con motivo de alguna mudanza. No conozco a nadie lo suficientemente cretino como para haberse deshecho de su colección de U&lc. Pero bueno, se está haciendo tarde. Volvamos al trabajo, Allan. Léeme, si eres tan amable, lo que hemos escrito hasta el momento.
–Cómo no: «Herbert Frederick Lubalin, ese muchacho judío nacido en New York y criado en el Bronx, daltónico, taciturno y ambidextro, estaba llamado a…»

lunes, 19 de enero de 2015

Serratología. Última ilustración

Hoy he dado por finalizada la ilustración que hace el número 50 de la «Serratología». Ahora sólo queda concentrarse en el diseño del libro.

Lecciones de urbanidad. © carlos cubeiro


Que usted será lo que sea
–escoria de los mortales–
un perfecto desalmado,
pero con buenos modales.

Insulte con educación,
robe delicadamente,
asesine limpiamente
y time con distinción.

Calumnie pero sin faltar,
traicione con elegancia,
perfume su repugnancia
con exquisita urbanidad.

sábado, 17 de enero de 2015

Ilustraciones para libro de texto

Hace un año, las novedades legales en el ámbito educativo interrumpieron un trabajo que ya tenía muy adelantado. Se trataba de un total de unas cincuenta ilustraciones para un libro de texto de Lengua y Literatura castellana que publicará Cruïlla. Hace unos días volvimos a retomar el tema y ayer lo dimos por concluido.

Amores imposibles

Los gazapos de la ortografía

La construcción del lenguaje

Liberarse por la cultura

Quevedo

Vida y muerte

Eufemismos

Matrimonio en el siglo XIX

Vetusta y La Regenta

La mujer en el siglo XIX

Literatura de la vida cotidiana